Rodríguez intenta presentar al gobierno como una estructura capaz de controlar la emergencia, comparando la situación actual con la respuesta oficial durante la pandemia. Sin embargo, para muchos cubanos, esa comparación no tranquiliza: indigna.

El recuerdo de la pandemia sigue siendo una herida abierta. Mientras el régimen presumía de control sanitario, miles de familias denunciaban hospitales colapsados, falta de oxígeno, medicamentos inexistentes, morgues saturadas y muertes que nunca fueron reconocidas con transparencia.

Diversos análisis posteriores, basados en datos oficiales de mortalidad, señalaron un exceso de muertes muy superior a las cifras reconocidas por el gobierno durante el peor momento del COVID-19 en Cuba. Para muchos ciudadanos, aquello demostró una vez más la costumbre del régimen de esconder la magnitud real de las tragedias nacionales.

Hoy la historia parece repetirse. Mientras la ONU advierte sobre el deterioro humanitario en la isla, Bruno Rodríguez intenta suavizar la realidad con discursos diplomáticos y culpando nuevamente al exterior.

Pero el pueblo cubano no vive de discursos. Vive apagones de largas horas, colas interminables, farmacias vacías, hospitales sin recursos, falta de combustible, escasez de agua y precios imposibles.

La crisis humanitaria no se mide solo en documentos internacionales. Se mide en una madre que no encuentra leche para su hijo, en un anciano que no consigue medicamentos, en un enfermo que no puede llegar al hospital por falta de transporte, en una familia que no puede cocinar porque no hay gas, y en niños que van a la escuela sin alimentación adecuada.

Negar esa realidad es una falta de respeto al sufrimiento del pueblo.

El régimen cubano insiste en presentarse como víctima, pero evita asumir su responsabilidad en décadas de mala administración, control absoluto, represión política, destrucción productiva y falta de transparencia.

Cuba no está en crisis por un accidente. Está en crisis porque un sistema de partido único ha controlado la economía, la información, los recursos y la vida de los ciudadanos durante más de seis décadas.

Mientras la cúpula viaja, habla en organismos internacionales y se protege con privilegios, el pueblo sobrevive como puede. Y cada vez que un funcionario niega la gravedad de la situación, aumenta la indignación de quienes viven la crisis en carne propia.

Decir que no hay crisis humanitaria en Cuba es ignorar a los pacientes sin medicinas, a las familias sin agua, a los niños sin comida suficiente y a los millones de cubanos que dependen de remesas, paquetes o ayuda internacional para sobrevivir.

La pandemia dejó una lección dolorosa: el régimen no solo falla en proteger al pueblo, también falla en decir la verdad. Por eso, cuando ahora promete actuar “como en la pandemia”, muchos cubanos recuerdan los muertos no reconocidos, el silencio oficial y la propaganda por encima del dolor humano.

Cuba necesita ayuda, pero también necesita verdad. Necesita transparencia, libertad de prensa, rendición de cuentas, instituciones independientes y un gobierno que deje de esconder la miseria detrás de discursos políticos.

La crisis humanitaria existe. La viven los cubanos todos los días. Y ningún canciller, por más que hable desde una tribuna internacional, puede borrar con palabras lo que el pueblo sufre en la calle.