Durante los primeros tres meses de 2026, las exportaciones estadounidenses de combustibles hacia Cuba alcanzaron aproximadamente 11,6 millones de dólares. Solo en marzo se registraron operaciones cercanas a los 8,8 millones, lo que representó la mayor parte de lo comercializado durante ese trimestre.
La tendencia continuó aumentando en los meses siguientes. En abril fueron autorizadas exportaciones por unos 12,4 millones de dólares, mientras que en mayo las ventas alcanzaron aproximadamente 23,9 millones. Esto situó el acumulado comprobable hasta mayo en cerca de 47,9 millones de dólares.
Para que el total del primer semestre haya superado los 95 millones, las operaciones de junio tendrían que haber representado alrededor de 47 millones de dólares adicionales. Aunque no se ha localizado todavía un desglose público definitivo de todos los productos energéticos vendidos durante ese mes, la Oficina del Censo de Estados Unidos informó que las exportaciones totales de bienes hacia Cuba alcanzaron 117,6 millones de dólares en junio y 525,1 millones durante los primeros seis meses del año.
Los productos enviados no corresponden necesariamente a petróleo crudo. Los registros incluyen gasolina, fuel oil, queroseno, aceites derivados del petróleo, lubricantes y otros combustibles empleados para el transporte, la generación eléctrica y diferentes actividades económicas.
Otro elemento importante es que estas operaciones no deben interpretarse automáticamente como compras directas del Gobierno cubano. Las autorizaciones estadounidenses permiten exportar determinados combustibles a empresas privadas cubanas y consumidores individuales bajo excepciones específicas, mientras mantienen restricciones para entidades controladas por el Estado y las Fuerzas Armadas.
El crecimiento de estas importaciones ocurre mientras Cuba atraviesa una de las crisis energéticas más graves de las últimas décadas. Los prolongados apagones, la falta de combustible y las averías de las centrales han obligado a ampliar la participación de negocios privados en la importación y distribución de productos energéticos.
Las cifras también contradicen la idea de que no existe ningún comercio entre Cuba y Estados Unidos. Las sanciones continúan limitando numerosas operaciones financieras y comerciales, pero existen licencias y excepciones que permiten vender alimentos, medicinas, productos humanitarios y, bajo determinadas condiciones, combustibles destinados al sector privado.
La pregunta pendiente es quiénes están realizando estas compras, a qué precios se comercializa el combustible dentro de la Isla y cuántas familias pueden realmente acceder a él. Mientras aumentan las importaciones valoradas en millones de dólares, gran parte de la población continúa pasando largas jornadas sin electricidad, transporte ni posibilidades de cocinar.
La transparencia resulta esencial para conocer si este combustible está contribuyendo a aliviar la crisis nacional o si termina concentrado en sectores privilegiados, empresas con acceso a divisas y negocios fuera del alcance del cubano común. En una Isla prácticamente paralizada por los apagones, cada cargamento debería representar alivio para la población y no otro negocio reservado para unos pocos.
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