La publicación oficial presentó la visita como una muestra de “pensar en grande”, porque, al parecer, en el universo propagandístico del régimen, hablar de autos eléctricos en un país sin electricidad estable ya cuenta como estrategia de desarrollo nacional.
Durante el recorrido por VEDCA, empresa que ensambla bicicletas, motos y triciclos eléctricos con cooperación china, Díaz-Canel le dijo al director de la entidad: “Tienes en tus manos una joyita y hay que defenderla”. La frase, repetida por medios oficiales, sonó casi como una burla involuntaria para millones de cubanos que no tienen ni una “joyita” en sus casas: ni comida suficiente, ni transporte decente, ni corriente eléctrica garantizada.
La fábrica, ubicada en Boyeros, ya ensambla vehículos eléctricos y, según la propia narrativa oficial, planea comenzar a ensamblar autos eléctricos en agosto. La promesa fue vendida como símbolo de innovación, transición energética y eficiencia socialista.
Pero la pregunta que cualquier cubano común se hace es simple: ¿con qué electricidad van a cargar esos vehículos? Porque una cosa es fabricar motos eléctricas para la foto oficial, y otra muy distinta es vivir en un país donde la gente no puede cargar ni un teléfono sin mirar al cielo, al horario de apagones o a la paciencia divina.
La propaganda habla de futuro, pero el presente grita otra cosa. Mientras Díaz-Canel sonríe entre triciclos eléctricos, los cubanos siguen esperando guaguas que no pasan, haciendo colas imposibles, caminando kilómetros y pagando precios absurdos por cualquier forma de transporte.
Según la información difundida por la Presidencia, VEDCA facturó más de 12 millones de dólares en 2024 y creció de 1,000 a 10,000 unidades anuales. También se ha reportado que la empresa aspira a superar las 20,000 unidades y alcanzar ventas por unos 40 millones de dólares.
El detalle incómodo es que buena parte de este modelo se mueve en divisas, en una economía donde el trabajador cubano cobra en pesos devaluados. Es decir, el régimen celebra millones de dólares mientras la mayoría del pueblo no puede comprar lo que el propio Estado exhibe como logro.
La “joyita” existe, sí, pero no para el cubano promedio. Existe para vitrinas oficiales, para reportajes editados, para discursos de cooperación con China y para alimentar la fantasía de que el socialismo cubano todavía puede producir modernidad.
Díaz-Canel también destacó que VEDCA es un “baluarte de la cooperación con China”, una frase que revela otra contradicción: el régimen presume soberanía mientras depende de piezas, financiamiento, tecnología y alianzas externas para sostener cualquier proyecto que pueda mostrar como avance.
La publicación oficial aseguró además que la fábrica apunta a independizarse del sistema eléctrico nacional mediante paneles fotovoltaicos y que algunos triciclos incluirán energía solar. La idea suena moderna, pero también funciona como confesión: hasta las empresas del propio régimen saben que no pueden depender del sistema eléctrico que el régimen administra.
En otras palabras, la fábrica quiere escapar de la misma red eléctrica que el pueblo está obligado a sufrir. Ellos tendrán paneles solares; la gente seguirá con apagones, calor, comida echada a perder y noches enteras esperando que vuelva la luz.
La frase final de Díaz-Canel fue todavía más digna de archivo: “En tiempos tan difíciles, aquí se respira desarrollo y combate”. Desarrollo, para una fábrica que vende en divisas. Combate, para un pueblo que combate todos los días contra el hambre, el transporte colapsado, los apagones y la propaganda.
El problema no es que Cuba ensamble vehículos eléctricos. El problema es que el régimen intenta venderlo como gran victoria nacional mientras no puede garantizar electricidad, combustible, salarios dignos ni libertad económica real.
Una fábrica no salva a un país. Una foto no resuelve una crisis. Un triciclo solar no compensa seis décadas de ruina administrativa. Y llamar “joyita” a un proyecto estatal mientras Cuba se cae a pedazos no es pensar en grande: es vivir dentro de una burbuja ideológica.
La visita de Díaz-Canel a VEDCA deja una imagen perfecta del castrismo actual: un gobierno celebrando motos eléctricas en un país apagado, hablando de innovación mientras la gente cocina con leña, presume cooperación extranjera mientras culpa al mundo de su fracaso, y llama desarrollo a lo que para la mayoría del pueblo sigue siendo inaccesible.
Cuba no necesita más propaganda sobre “joyitas”. Necesita luz, comida, transporte, salarios reales, libertad para producir y un gobierno que deje de usar cada tornillo ensamblado como si fuera una epopeya socialista. La verdadera transición energética no empieza con una foto de Díaz-Canel en una fábrica; empieza cuando el pueblo pueda encender un bombillo sin sentir que recibió un milagro.