Esa narrativa tiene fuerza emocional, pero resulta incompleta. CiberCuba apunta que Washington sostiene sus argumentos en elementos como vínculos del régimen cubano con adversarios estratégicos de Estados Unidos, instalaciones de inteligencia extranjeras y relaciones con Rusia, China, Irán, Hamas y Hezbollah.
La pregunta de Díaz-Canel, por tanto, no es ingenua; es política. El Gobierno cubano quiere presentarse como víctima absoluta, pero al mismo tiempo presume doctrina militar de resistencia total, alianzas con enemigos geopolíticos de Washington y un aparato interno que mantiene presos políticos y reprime la disidencia.
Eso no justifica una intervención militar ni amenazas contra la soberanía cubana. Pero tampoco permite aceptar sin crítica el relato de una Cuba puramente pacífica, indefensa y ajena a los juegos de poder internacionales. La isla no es solo una víctima de la política estadounidense; también ha sido actor activo en alianzas, conflictos e instrumentos de influencia regional.
La contradicción central del régimen es que se declara débil cuando le conviene y combativo cuando necesita disciplinar a su base. Hacia afuera habla de paz; hacia adentro habla de trampa mortal, guerra de todo el pueblo y resistencia armada. Esa doble voz no construye confianza.
Si Díaz-Canel realmente quiere responder por qué Cuba es vista como amenaza, debería empezar por transparentar sus alianzas militares, liberar presos políticos, permitir pluralismo y sacar la seguridad del centro de la vida nacional. La amenaza más grave para Cuba no está solo a 90 millas: también está dentro de un sistema que no permite al ciudadano decidir su futuro.