La contradicción es brutal. El Ministerio del Transporte anunció nuevos reajustes en los servicios nacionales de pasajeros y carga debido al déficit de combustible, mientras voceros del oficialismo exhiben ferias callejeras como si unas cuantas carpas pudieran ocultar el derrumbe del país.
Según informó el propio Granma, el ministro Eduardo Rodríguez Dávila reconoció que los principales operadores del sistema nacional de transporte han tenido que aplicar reajustes por falta de combustibles y lubricantes. También confirmó que, desde el 18 de junio, las salidas de ómnibus entre La Habana y las cabeceras provinciales se reducirán a tres frecuencias semanales, mientras Manzanillo y Baracoa quedarán con una salida semanal.
El golpe al ferrocarril es aún más simbólico. De acuerdo con la información oficial, después de la primera quincena de junio los trenes nacionales hacia Santiago de Cuba, Guantánamo, Holguín y Bayamo-Manzanillo pasarán a una salida de ida y vuelta aproximadamente cada dos semanas. En otras palabras: un país entero reducido a esperar medio mes por un tren.
Pero mientras el transporte nacional se achica hasta niveles humillantes, Gerardo Hernández Nordelo, coordinador nacional de los CDR y uno de los llamados “Cinco Héroes” del régimen, publicó imágenes de una feria en Línea y L, en El Vedado, acompañadas de etiquetas como #CDRCuba, #CubaNoSeRinde y #LaPatriaSeDefiende.
La escena parece una burla escrita por la propia realidad: el pueblo sin trenes, sin ómnibus, sin combustible y sin luz; el oficialismo, mientras tanto, celebrando una feria de barrio como si Cuba estuviera viviendo una primavera económica.
La estrategia no es nueva. El régimen cubano lleva años usando ferias, actos políticos, mesas con viandas, tarimas improvisadas y publicaciones triunfalistas para fabricar una sensación de movimiento. Si no hay soluciones, hay consignas. Si no hay comida suficiente, hay fotos. Si no hay transporte, hay hashtags.
CiberCuba reportó que la publicación de Hernández provocó críticas de usuarios que le preguntaban por qué no mostraba los videos de protestas y represión, en lugar de promocionar ferias en medio de la crisis. También señaló que La Habana ha vivido protestas, cacerolazos y bloqueos de calles desde el 13 de mayo, en medio de apagones de hasta 20 y 22 horas diarias.
La feria de Línea y L puede tener vendedores, carpas y algún producto disponible, pero no puede ocultar la verdad nacional: Cuba está paralizada. Y un país paralizado no se arregla con una mesa de plátanos, unas piezas de ropa y una cámara apuntando solo al ángulo que le conviene al poder.
El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, reconoció que Cuba no tenía reservas de diésel ni de fuel oil, combustibles esenciales para sostener la generación eléctrica. Esa confesión explica por qué el país vive apagones masivos y por qué el transporte se reduce a una operación de supervivencia.
El oficialismo llama “resistencia” a lo que en realidad es agotamiento. Llama “creatividad” a la escasez. Llama “feria” a una vitrina desesperada. Llama “defender la patria” a pedirle al pueblo que aplauda mientras se queda sin movilidad, sin electricidad y sin horizonte.
La pregunta es inevitable: ¿a quién quieren engañar? El cubano que no puede viajar a ver a su familia en Oriente no se consuela con una publicación desde El Vedado. La madre que no tiene comida para sus hijos no resuelve con un hashtag. El trabajador que espera horas por transporte no necesita consignas; necesita un país que funcione.
El régimen intenta convertir cada feria en una escenografía política. Pero la realidad se impone con una fuerza que no cabe en las fotos: terminales vacías, rutas recortadas, trenes espaciados, apagones interminables y una población cada vez más cansada de que le vendan normalidad en medio del desastre.
Vivir de feria en feria no genera combustible. No arregla termoeléctricas. No reconstruye carreteras. No levanta la producción. No devuelve los trenes. No alimenta a las familias. No sustituye la libertad económica ni la responsabilidad política.
Lo más ofensivo no es que exista una feria. Lo ofensivo es que el poder la use como propaganda mientras el país se cae a pedazos. Porque una feria puede ser útil para un barrio, pero jamás puede presentarse como respuesta nacional ante el colapso de transporte, energía y abastecimiento.
Cuba no necesita más fotos de funcionarios celebrando pequeñas vitrinas de supervivencia. Necesita producción real, inversión, infraestructura, transparencia, libertad para emprender y un gobierno que deje de maquillar el fracaso con carpas de fin de semana.
El país se paraliza, pero el circo no se detiene. Y esa es la imagen más precisa del sistema cubano: una dictadura que no puede mover trenes, pero sí puede mover propaganda; que no puede garantizar combustible, pero sí fabricar consignas; que no puede encender el país, pero insiste en posar como si todavía tuviera algo que celebrar.