El autor de la publicación responsabiliza al Gobierno cubano por las condiciones de pobreza, desesperanza y falta de oportunidades que favorecen el consumo. Sin embargo, las imágenes por sí solas no permiten confirmar qué sustancias habían ingerido las personas grabadas.

“Químico” y “papelito” son dos nombres empleados en Cuba para referirse principalmente a cannabinoides sintéticos. La sustancia suele impregnar hojas de papel que posteriormente son divididas en pequeños fragmentos para venderlos y fumarlos.

El Centro Nacional de Toxicología de Cuba advierte que estos compuestos pueden provocar alucinaciones, pérdida del conocimiento, convulsiones, dificultad respiratoria, arritmias, psicosis y daños hepáticos o renales.

La composición cambia constantemente y resulta imposible para el consumidor saber exactamente qué está introduciendo en su organismo. Laboratorios cubanos identificaron 46 fórmulas sintéticas diferentes, algunas mezcladas con carbamazepina, formol y hasta fentanilo.

La llamada “piedra” suele utilizarse como término callejero para describir sustancias fumables en forma sólida, aunque su composición puede variar. Por ello, no es posible determinar solamente por su apariencia si se trata de crack, cocaína procesada u otra mezcla.

El bajo precio facilita el acceso entre adolescentes y jóvenes de comunidades empobrecidas. Una dosis de “químico” puede costar aproximadamente 250 pesos cubanos, menos que numerosos alimentos básicos, según un reportaje de Associated Press.

Las autoridades sanitarias reconocen un fuerte aumento del problema. En La Habana, las personas consumidoras atendidas o registradas en cuerpos de guardia pasaron de 467 durante 2024 a 886 en 2025, prácticamente el doble en apenas un año.

No existen estadísticas públicas completas que permitan conocer cuántos cubanos sufren adicción. Sin embargo, especialistas, familias y medios independientes advierten que ya resulta frecuente encontrar jóvenes inconscientes, inmóviles o caminando con dificultad en parques y calles.

Quienes critican al Gobierno sostienen que el fenómeno no puede separarse de la prolongada crisis nacional. El desempleo, los salarios insuficientes, los apagones, la emigración familiar y la falta de perspectivas crean un ambiente en el que algunos jóvenes buscan escapar temporalmente de la realidad mediante las drogas.

Esa relación no significa que el Estado distribuya directamente las sustancias ni que sea el único responsable de cada caso. Sí le corresponde desarrollar programas efectivos de prevención, tratamiento, reinserción social y combate contra las redes que comercializan estas mezclas.

La respuesta oficial continúa concentrándose en la persecución penal y la llamada política de “tolerancia cero”. En Cuba, el tráfico de drogas puede recibir condenas extremadamente severas, pero el castigo no sustituye la atención médica que necesita una persona dependiente.

Familias y organizaciones religiosas han comenzado a asumir parte del trabajo de rehabilitación. Iglesias como Alcance Victoria Cuba ofrecen acompañamiento a jóvenes que intentan abandonar el consumo después de pasar por procesos de desintoxicación en instituciones sanitarias.

La adicción debe tratarse como un problema de salud pública y no solamente como una conducta delictiva. Enviar a consumidores vulnerables a prisión sin terapia adecuada puede profundizar el daño y dificultar su reintegración.

También debe protegerse la dignidad de quienes aparecen afectados en espacios públicos. Grabar una emergencia puede servir para denunciar la crisis, pero divulgar rostros sin consentimiento puede exponer a personas enfermas a humillaciones y estigmatización.

La escena compartida representa una advertencia sobre una generación atrapada entre la crisis económica, la represión, la emigración y las drogas sintéticas. Cuba necesita menos consignas y más prevención, centros de rehabilitación, oportunidades laborales y atención psicológica accesible.

La pregunta urgente no es únicamente quién introdujo cada dosis, sino por qué tantos jóvenes encuentran en una sustancia peligrosa la única forma de escapar de su realidad y qué medidas concretas se adoptarán para impedir que terminen muertos, encarcelados o consumidos por la adicción.

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