La situación se produce en medio de uno de los peores momentos del Sistema Electroenergético Nacional. Cuba acumuló siete colapsos nacionales de la red eléctrica durante 2026 hasta comienzos de agosto, incluidos dos apagones generales ocurridos en menos de 24 horas.

La Unión Eléctrica ha recurrido además a una organización de los apagones por circuitos en determinadas zonas, en lugar del tradicional esquema por grandes bloques. Reportes desde La Habana describen comunidades donde el servicio puede permanecer interrumpido durante más de 24 horas mientras circuitos cercanos reciben electricidad durante periodos diferentes.

Este sistema está generando crecientes tensiones entre residentes. CubaNet documentó denuncias de vecinos que han tratado de impedir que trabajadores eléctricos retiren transformadores para trasladarlos hacia otras zonas, así como quejas por circuitos considerados “priorizados” donde los apagones son considerablemente menores.

La realidad detrás de estas maniobras es un déficit gigantesco de generación. La propia Unión Eléctrica ha venido pronosticando afectaciones superiores a los 2.000 megavatios durante los horarios de máxima demanda, mientras numerosas unidades termoeléctricas permanecen averiadas, en mantenimiento o limitadas por falta de combustible y problemas técnicos.

Para las familias cubanas, estos números se traducen en refrigeradores apagados, alimentos que se pierden, imposibilidad de cocinar, falta de agua cuando dejan de funcionar las bombas y noches enteras soportando el calor sin ventiladores. Reuters ha documentado hogares habaneros donde los residentes mantienen prácticamente vacíos sus refrigeradores porque no pueden garantizar electricidad suficiente para conservar los alimentos.

El Gobierno atribuye buena parte de la emergencia a las sanciones estadounidenses y a la reducción drástica de los suministros externos de petróleo, factores que efectivamente han agravado la disponibilidad de combustible. Pero la red cubana también arrastra décadas de deterioro, centrales envejecidas, falta de mantenimiento y una capacidad de generación insuficiente para satisfacer la demanda nacional.

Lo que los ciudadanos observan diariamente es mucho más sencillo: no aparece suficiente electricidad nueva y, por tanto, la poca disponible se reparte entre comunidades. Cuando la luz llega a un barrio, muchas veces otro queda a oscuras. Para quienes padecen apagones interminables, esa administración de la escasez difícilmente puede presentarse como una solución energética.

Las imágenes vuelven así a alimentar una frase que se escucha cada vez con más frecuencia entre cubanos: el problema ya no es cuándo van a resolver la crisis, sino a quién le tocará quedarse sin corriente para que otro pueda tenerla unas horas. Para quienes califican a Cuba como un “Estado fallido”, escenas como estas simbolizan un sistema incapaz de garantizar siquiera uno de los servicios más elementales de una sociedad moderna.

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