Organismos internacionales han destinado más de 30 millones de dólares para apoyar programas sanitarios en la isla, incluyendo acciones dirigidas a contener lo que ya se describe como una “epidemia silenciosa” entre adolescentes, mujeres embarazadas y recién nacidos.
El repunte de la sífilis refleja una crisis sanitaria más profunda. En 2023 se notificaron 8,298 casos en Cuba, la cifra más alta desde 1997. Aunque en 2024 hubo una ligera disminución, los contagios se mantuvieron en niveles alarmantes, muy por encima de los registros de años anteriores.
El aumento es especialmente preocupante entre mujeres. Los casos femeninos pasaron de 559 en 2010 a más de 3,800 en 2023, lo que multiplica el riesgo de sífilis gestacional y de transmisión de madre a hijo si no existe diagnóstico temprano y tratamiento oportuno.
La situación golpea con fuerza a una población cada vez más vulnerable. La falta de preservativos en farmacias, la baja disponibilidad de métodos de prevención, la escasez de antibióticos y los problemas de acceso a consultas médicas crean el escenario perfecto para que las infecciones sigan propagándose.
A esto se suma el debilitamiento del sistema sanitario cubano. Desde 2021, el país ha perdido más de 77,000 trabajadores de la salud, incluyendo médicos, enfermeros, técnicos y personal clave para sostener la atención primaria, los laboratorios y los programas de vigilancia epidemiológica.
Esa pérdida de personal dificulta la detección temprana de enfermedades, retrasa tratamientos y deja a muchos pacientes sin seguimiento adecuado. En el caso de las infecciones de transmisión sexual, cada retraso puede significar más contagios y mayores complicaciones.
Aunque Cuba ha sido reconocida internacionalmente por mantener la eliminación de la transmisión maternoinfantil del VIH y la sífilis como problema de salud pública, la falta de datos públicos detallados sobre sífilis gestacional y congénita impide medir con transparencia la magnitud real del riesgo.
La contradicción es evidente: mientras el discurso oficial intenta sostener la imagen de un sistema sanitario ejemplar, organismos internacionales movilizan millones de dólares para contener brotes, reforzar laboratorios, distribuir insumos y proteger a grupos vulnerables.
La crisis también tiene una dimensión social. Muchos jóvenes tienen información sobre las ITS, pero no siempre cuentan con medios reales para protegerse. La educación sexual, sin acceso a preservativos y sin servicios médicos estables, se queda incompleta.
En Cuba, incluso enfermarse de algo tratable puede convertirse en una odisea. Conseguir una prueba, acceder a una consulta o encontrar el medicamento adecuado depende muchas veces de la suerte, de contactos personales o de recursos que no todas las familias tienen.
El avance de la sífilis muestra que el deterioro sanitario no solo afecta hospitales, salones de operaciones o servicios de urgencia. También golpea la prevención, la salud sexual, la maternidad, la adolescencia y la protección de los recién nacidos.
El régimen cubano ha enviado durante años médicos al exterior como fuente de ingresos, mientras dentro del país se vacían consultas, faltan medicamentos y crecen enfermedades que deberían controlarse con prevención, diagnóstico y tratamiento oportunos.
La llamada “epidemia silenciosa” de sífilis e ITS deja al descubierto una realidad dolorosa: el sistema de salud cubano ya no puede ocultar su desgaste.
La población necesita condones, medicamentos, pruebas diagnósticas, laboratorios funcionando, médicos disponibles y campañas de prevención reales. No consignas. No propaganda. No estadísticas maquilladas.
Mientras no se atiendan las causas de fondo, la sífilis y otras infecciones seguirán avanzando en silencio, afectando especialmente a quienes menos recursos tienen para protegerse.
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