Según la información difundida por la Unión Eléctrica, la falla provocó la salida de varias subestaciones de la capital y generó oscilaciones que sacaron de servicio las unidades 6 y 8 de la termoeléctrica de Mariel, así como la unidad 3 de Renté, en Santiago de Cuba. La situación obligó a activar mecanismos de protección en distintas zonas del país.
La UNE aseguró que “se investigan las causas” y sostuvo que el Sistema Eléctrico Nacional continúa interconectado. Sin embargo, la magnitud de las afectaciones confirma una realidad cada vez más evidente para los cubanos: cualquier fallo importante puede desatar nuevas interrupciones masivas en una red que opera al límite.
Durante la última hora, la Empresa Eléctrica de La Habana reportó una cascada de incidencias en numerosos municipios de la capital, incluyendo Playa, La Lisa, Marianao, Boyeros, Plaza de la Revolución, Centro Habana, Habana del Este, Cerro, Cotorro y 10 de Octubre.
A las afectaciones por déficit de generación se sumaron averías primarias, transformadores dañados, disparos de circuitos y trabajos operativos de emergencia. También quedaron comprometidas varias subestaciones de 110 kV, entre ellas Apolo, Naranjito, Melones, Príncipe, Cerro, Tallapiedra y Párraga.
La nueva incidencia ocurre en medio de una crisis eléctrica sin precedentes. Cuba atraviesa jornadas de apagones prolongados, con millones de ciudadanos sometidos a cortes de corriente que paralizan la vida cotidiana, dañan alimentos, impiden el descanso, afectan hospitales, golpean negocios privados y profundizan el malestar social.
El régimen insiste en presentar cada avería como un hecho puntual, pero la repetición de fallos demuestra que el problema es estructural. Las termoeléctricas cubanas están envejecidas, muchas unidades entran y salen del sistema constantemente, los mantenimientos llegan tarde o no llegan, y la falta de combustible mantiene fuera de servicio una parte significativa de la generación distribuida.
Para el cubano de a pie, los comunicados técnicos no alivian la realidad. Lo que vive la población es otra noche de calor, alimentos echándose a perder, niños sin dormir, ancianos sin ventilación, familias incomunicadas y una sensación creciente de abandono.
La caída de subestaciones en cadena revela además que el sistema eléctrico cubano ya no tiene suficiente margen de seguridad. Cuando una instalación falla, el impacto puede extenderse rápidamente a otras zonas, provocando oscilaciones, desconexiones automáticas y nuevos cortes en una red debilitada.
La propaganda oficial habla de resistencia, pero el pueblo lo que enfrenta es colapso. No se trata solo de una avería en Apolo ni de una unidad que sale de servicio en Mariel o Renté. Se trata de un país entero pagando las consecuencias de un modelo que durante décadas sacrificó inversión, mantenimiento, transparencia y eficiencia mientras culpaba siempre a factores externos.
La crisis eléctrica se ha convertido en uno de los símbolos más visibles del fracaso del sistema cubano. Cada apagón desnuda la desconexión entre el discurso oficial y la vida real de los ciudadanos. Mientras las autoridades piden paciencia, las familias viven atrapadas entre la oscuridad, la incertidumbre y la falta de respuestas.
Aunque el gobierno asegura que el SEN continúa interconectado, los hechos muestran una red frágil, vulnerable y agotada. En Cuba, la pregunta ya no es si habrá apagones, sino cuánto durarán y qué nueva avería será la próxima en arrastrar al país otra vez a la oscuridad.
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