En Hongolosongo, una comunidad rural cercana a El Cobre, en Santiago de Cuba, Cáritas Cuba ha estado distribuyendo paquetes de ayuda entre familias afectadas por el ciclón que golpeó el oriente de la isla en octubre de 2025.

La ayuda incluye alimentos, productos de higiene y tabletas para purificar agua, artículos esenciales para familias que todavía viven entre daños, escasez y condiciones extremadamente difíciles.

La falta de gasolina y diésel ha obligado a recurrir a animales para mover los donativos hasta zonas donde el transporte motorizado se ha vuelto casi imposible. Las carretas de bueyes, más que una solución logística, se han convertido en un símbolo del atraso y la destrucción que vive Cuba bajo un sistema incapaz de garantizar combustible, transporte, electricidad, vivienda y servicios básicos a su propia población.

En Hongolosongo, una comunidad de aproximadamente 130 habitantes, muchas familias aún no han podido reparar los daños dejados por el huracán. Según reportes de prensa, menos de la mitad de las viviendas está conectada a la red eléctrica y solo una minoría tiene acceso estable al agua corriente.

Mientras tanto, la ayuda enviada desde Estados Unidos ha sido canalizada a través de Cáritas Cuba y otras organizaciones independientes para llegar directamente a los damnificados. El proyecto humanitario contempla un total de nueve millones de dólares y beneficiará a unas 8,800 familias en cinco provincias orientales: Santiago de Cuba, Holguín, Las Tunas, Granma y Guantánamo.

La escena de los bueyes cargando alimentos y productos básicos deja al descubierto una realidad dolorosa: el pueblo cubano no solo enfrenta las consecuencias de un desastre natural, sino también las consecuencias de una crisis permanente provocada por décadas de abandono, ineficiencia y control estatal.

En cualquier país con una infraestructura funcional, la ayuda humanitaria debería llegar con rapidez, transporte adecuado y una logística organizada. Pero en Cuba, incluso después de una emergencia, las comunidades siguen dependiendo de la voluntad de organizaciones religiosas, donaciones externas y métodos de transporte propios de otro siglo.

El caso también desmonta el discurso oficial que insiste en culpar siempre al exterior mientras miles de familias cubanas sobreviven sin techo reparado, sin electricidad, sin agua suficiente y sin recursos para reconstruir sus hogares.

La ayuda es bienvenida por quienes lo perdieron todo o casi todo, pero la imagen de las carretas de bueyes entrando a comunidades golpeadas por el huracán muestra una verdad imposible de ocultar: Cuba está hundida en una crisis estructural donde hasta la solidaridad internacional tiene que abrirse paso entre la falta de combustible, el abandono y la pobreza.