El asunto fue abordado por Miguel Díaz-Canel en una reunión con expertos y científicos, donde el gobierno aseguró que “no hay motivos para la alarma”, pero sí para mantener la alerta sanitaria y el control en fronteras. La propia prensa oficialista y medios independientes han reconocido que Cuba refuerza la vigilancia por el brote internacional asociado al hantavirus.

La preocupación surge después de un brote vinculado al crucero MV Hondius, que salió de Argentina el 1 de abril en una expedición polar. La Organización Mundial de la Salud revisó este 15 de mayo la cifra global a 10 casos confirmados o asociados, con tres fallecidos reportados, según Reuters.

El virus involucrado en ese brote es el virus Andes, una cepa rara de hantavirus conocida por su capacidad limitada de transmisión entre personas, generalmente después de contacto estrecho y prolongado. La OMS ha insistido en que el brote no es comparable con el COVID-19 ni representa una amenaza pandémica.

Eso no significa que el riesgo deba minimizarse. El hantavirus puede causar enfermedades graves y potencialmente mortales, principalmente cuando afecta los pulmones, como ocurre con el síndrome pulmonar por hantavirus. Los CDC explican que estos virus se transmiten principalmente por roedores y sus excrementos, orina o saliva.

Los síntomas pueden comenzar como una enfermedad parecida a la gripe: fiebre, fatiga, dolores musculares, dolor de cabeza, mareos, escalofríos, náuseas, vómitos o diarrea. En casos graves, días después pueden aparecer tos, falta de aire y presión en el pecho, señales que requieren atención médica urgente.

La mejor prevención es evitar el contacto con roedores y limpiar de forma segura cualquier área contaminada por orina, excrementos o nidos. Los CDC recomiendan controlar la presencia de ratones y ratas, sellar accesos a las viviendas y tomar precauciones al limpiar zonas donde haya señales de roedores.

En Cuba, el problema es que hablar de prevención sanitaria resulta casi irónico cuando muchas comunidades viven rodeadas de basura, con salideros, apagones, falta de agua, edificios deteriorados y servicios comunales colapsados. Un Estado que no puede garantizar higiene urbana básica tampoco puede pedirle al pueblo que confíe ciegamente en su capacidad de respuesta.

El régimen intenta transmitir calma, pero la calma no se decreta desde un podio. Se construye con hospitales abastecidos, transporte sanitario funcional, medicamentos disponibles, vigilancia real, información transparente y condiciones de vida dignas. Y justamente eso es lo que le falta hoy a millones de cubanos.

La posible amenaza del hantavirus no debe convertirse en pánico, pero sí en una advertencia seria. Cuba no necesita alarmismo vacío; necesita limpieza, control de vectores, información clara y recursos médicos. El pueblo merece saber la verdad sin propaganda y sin que se le oculte la gravedad de los riesgos.

El gobierno cubano presume de un sistema de vigilancia “sólido”, pero la realidad diaria contradice ese discurso. Hospitales sin insumos, farmacias vacías, apagones de largas horas y barrios abandonados muestran un país vulnerable ante cualquier emergencia sanitaria. El peligro no es solo el virus: es la incapacidad estructural de un régimen que ha destruido las bases materiales de la salud pública.

Mientras en países con recursos se activan protocolos, cuarentenas, monitoreo especializado y equipos médicos bien abastecidos, en Cuba muchas familias dependen de su propia suerte. La prevención, otra vez, termina cayendo sobre los hombros de ciudadanos que ya cargan con hambre, apagones y miseria.

La alerta por hantavirus deja una lección clara: la salud pública no puede sostenerse con consignas. Hace falta agua, higiene, recogida de basura, control sanitario, transparencia informativa y atención médica real. Sin eso, cualquier amenaza epidemiológica encuentra terreno fértil.

Cuba no está oficialmente ante una epidemia de hantavirus, pero sí está ante una crisis sanitaria permanente provocada por décadas de abandono, centralización, pobreza y propaganda. El régimen puede intentar controlar el relato, pero no puede ocultar que un país empobrecido, sucio y sin recursos médicos suficientes vive más expuesto ante cualquier amenaza.

La población debe mantenerse informada, evitar contacto con roedores y buscar atención médica si aparecen síntomas sospechosos después de una posible exposición. Pero la responsabilidad mayor no puede recaer solamente sobre el ciudadano: un gobierno que exige obediencia también debe responder por la salud, la higiene y la vida del pueblo.