Según el relato, el hecho ocurrió alrededor de las 7:00 de la noche, en la zona del semáforo de Cerro y Boyeros. La denunciante cuenta que venía desde Tulipán por Boyeros cuando vio a una mujer negra, mayor, bien vestida, encorvada por los años y con una bolsa de mandados, acercarse al carro de un militar con estrellas en el uniforme.

La anciana, de forma respetuosa, le habría pedido si podía adelantarla. De acuerdo con el testimonio, el militar ni siquiera la miró con atención y le indicó con la mano que solo llegaba hasta la próxima cuadra, negándole la ayuda.

En el vehículo también viajaba una mujer como acompañante, quien, según la denunciante, reaccionó con un gesto de molestia y burla, como si la señora mayor estuviera pidiendo algo fuera de lugar.

La escena provocó una fuerte reflexión sobre la desigualdad real en Cuba. Mientras el pueblo enfrenta apagones, transporte colapsado, falta de agua, colas en los bancos, hospitales deteriorados y salarios que no alcanzan, muchos funcionarios, militares y personas vinculadas al poder siguen moviéndose en carros estatales, con combustible, privilegios y acceso a recursos que la mayoría no tiene.

“¿De qué igualdad social me hablas?”, cuestiona la denunciante, al señalar que quienes sostienen al sistema muchas veces lo hacen porque reciben carro, casa, equipos, viajes, villas, electricidad, buenas oportunidades para sus hijos, comida, hospitales diferenciados y gasolina.

La denuncia golpea porque no habla de un lujo. Habla de una anciana que solo necesitaba que la adelantaran un tramo en medio de una ciudad donde el transporte público es una pesadilla diaria para miles de cubanos.

En Cuba, moverse de un lugar a otro se ha convertido en una odisea. Doctores, profesores, trabajadores, madres, ancianos y estudiantes pasan horas esperando transporte, caminando largos tramos o dependiendo de la buena voluntad de alguien que los acerque. Pero muchas veces los carros estatales pasan de largo, sin mirar al pueblo que dicen representar.

La denunciante recuerda que ella misma vivió situaciones parecidas cuando tenía que trasladarse para dar clases en la UNAH. Afirma que, en la esquina de la calle 46, en la Carretera Central, vehículos oficiales pasaban por su lado sin detenerse ni voltear la cara.

Ese recuerdo resume una realidad que muchos cubanos siguen viviendo hoy: el sacrificio se le exige al pueblo, pero los privilegios se reservan para otros.

El testimonio también critica el discurso oficial que pide resistencia y creatividad a quienes no tienen electricidad, no tienen transporte, no tienen agua estable, no pueden conservar alimentos por falta de refrigeración y deben sobrevivir con un salario normal dentro de una economía destruida.

Para la denunciante, no se puede hablar de derechos del pueblo ni de igualdad social cuando existe una casta que vive por encima de las dificultades diarias del ciudadano común.

“Cuba no es para todos, Cuba es de ustedes”, expresa en una frase que resume el sentimiento de muchos ciudadanos cansados de una doble moral: un país donde el pueblo debe resistir, mientras los privilegiados del sistema viven con ventajas.

La escena de Cerro y Boyeros, más allá de la anécdota, se convierte en símbolo de una fractura nacional. De un lado, los cubanos que caminan, cargan bolsas, pasan noches sin dormir por los apagones y hacen colas interminables. Del otro, quienes desde un carro estatal repiten consignas de igualdad mientras ignoran a una anciana necesitada.

Cuba no necesita más discursos sobre sacrificio. Necesita humanidad, justicia, transporte, electricidad, agua, comida, salarios dignos y funcionarios que recuerden que están para servir al pueblo, no para vivir por encima de él.

La denuncia termina con cansancio, rabia y dolor: otra noche sin dormir, ojeras que no mejoran y la sensación de que todo sigue igual. Pero también deja una advertencia: cada pequeño acto de abuso o indiferencia sigue acumulando indignación en un pueblo que ya no cree en la falsa igualdad que le prometieron.