En la grabación, la mujer asegura que los residentes ya no saben cómo enfrentar una crisis que empeora cada día. Después de soportar extensos cortes eléctricos, ahora deben buscar alternativas para conseguir agua destinada a cocinar, bañarse y atender las necesidades más elementales del hogar.

Según su testimonio, contratar una pipa de agua puede costar hasta 60.000 pesos cubanos, mientras que perforar un pozo superaría los 250.000 pesos. Estas cantidades, que no han podido verificarse de manera independiente y pueden variar según la localidad, se encuentran fuera del alcance de la mayoría de los trabajadores y jubilados cubanos.

La denunciante explicó que los apagones impiden el funcionamiento de las bombas utilizadas para extraer y distribuir el agua. La empresa estatal Aguas de La Habana reconoció anteriormente que la falta de electricidad ha alterado los ciclos de bombeo y provocado que miles de viviendas permanezcan con los grifos secos.

El problema no se limita a un barrio ni a una provincia. En mayo de 2026, autoridades cubanas reconocieron que cerca de tres millones de personas sufrían diariamente dificultades con el abastecimiento de agua, mientras el sistema hidráulico enfrentaba falta de combustible, piezas de repuesto y productos necesarios para su funcionamiento.

La propia prensa estatal ha admitido que la crisis energética y las roturas de los equipos de bombeo han complicado el suministro en territorios como Pinar del Río. Las averías, las tuberías deterioradas y la ausencia de mantenimiento convierten cada apagón en una nueva interrupción del servicio de agua.

Para las familias, la situación significa cargar cubos durante largas distancias, hacer filas ante camiones cisterna y almacenar agua en cualquier recipiente disponible. También aumenta el riesgo de que los alimentos se dañen, se deterioren las condiciones sanitarias y los niños, ancianos y enfermos queden todavía más expuestos.

El testimonio refleja la frustración de una población obligada a resolver por sus propios medios las consecuencias del deterioro de infraestructuras que deberían ser administradas por el Estado. Mientras los salarios pierden valor, conseguir agua mediante servicios privados puede representar varios meses de ingresos para una familia.

Cuba atraviesa así una crisis encadenada: cuando desaparece la electricidad, dejan de funcionar las bombas; cuando se detiene el bombeo, falta el agua; y cuando ambos servicios colapsan, la vida cotidiana se convierte en una lucha permanente. La denuncia de esta cubana resume el agotamiento de millones de personas que ya no reclaman comodidades, sino condiciones mínimas para vivir con dignidad.

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