La declaración, lejos de apagar el fuego, confirma una de las principales críticas: una figura sin cargo público formal, sin mandato popular y sin responsabilidad institucional visible habría sido escogida desde la cúpula del poder para hablar en nombre de Cuba ante Estados Unidos.

Según Elier, en la historia del régimen han existido “canales de comunicación secreta” con distintos gobiernos estadounidenses, manejados de forma compartimentada para evitar filtraciones. También acusó a la actual administración estadounidense de actuar con poca “seriedad” y “discreción”, y denunció una supuesta operación mediática desde Estados Unidos para fabricar una narrativa de ruptura dentro de la dirección cubana.

El problema es que la defensa del PCC deja una pregunta inevitable: ¿quién decide realmente en Cuba?

Cuando el oficialismo habla de “máxima dirección”, muchos cubanos no miran hacia las instituciones formales, sino hacia Raúl Castro, abuelo de Raúl Guillermo, a quien la propaganda estatal continúa presentando como figura rectora de la llamada Revolución, pese a no ocupar ya los principales cargos del Estado.

La polémica creció después de que “El Cangrejo” concediera su primera entrevista a un medio estadounidense, USA Today. En ella dijo estar dispuesto a negociar con cualquier persona designada por Washington, incluso con Donald Trump: “Si se me da la oportunidad, claro que con Trump”, según reportó Reuters citando la entrevista. El mismo reporte subrayó que Raúl Guillermo no ocupa un cargo formal en el gobierno cubano.

En esa conversación, Rodríguez Castro también aseguró que nunca le ha interesado la política, aunque añadió que, si la Revolución lo necesita, estaría dispuesto a asumir ese papel. Sus palabras chocaron con la realidad de millones de cubanos que sobreviven entre apagones, colas, salarios miserables, escasez de alimentos y una crisis social cada vez más profunda.

La indignación aumentó por el tono de la entrevista, en la que habló de sus gustos por ciudades como Nueva York, París y Moscú, mientras reconocía la distancia entre su estilo de vida y el de la mayoría de la población. “Me duele mucho que las personas no puedan vivir como yo”, dijo, una frase que fue ampliamente recogida por medios internacionales y que provocó rechazo entre cubanos dentro y fuera de la isla.

A la defensa de Elier se sumó el exministro de Cultura Abel Prieto, quien compartió el texto y llamó a preservar la unidad frente a lo que calificó como “trampas” de los enemigos del régimen. En su mensaje, Prieto agradeció el texto de Elier y cerró con el conocido lema oficialista: “No pasarán”.

Sin embargo, el intento de cerrar filas evidencia una contradicción mayor. Si Raúl Guillermo fue realmente escogido por la “máxima dirección” para participar en canales de negociación con Estados Unidos, entonces el régimen reconoce que decisiones de alto nivel se mueven fuera de los mecanismos institucionales visibles. Y si no lo fue, queda abierta la pregunta de por qué un nieto de Raúl Castro habla ante la prensa internacional como posible negociador de Cuba.

Tras la entrevista con USA Today, incluso voces cercanas al oficialismo han criticado el protagonismo de “El Cangrejo”, señalando que su exposición pública dañó la imagen del propio sistema que intentaba defender.

El PCC intenta presentar el caso como una maniobra enemiga y una campaña de descrédito. Pero para muchos cubanos, el verdadero escándalo no está en las filtraciones ni en la prensa extranjera, sino en la confirmación de que el poder en Cuba sigue moviéndose por apellidos, lealtades familiares y decisiones tomadas desde arriba, sin transparencia y sin rendición de cuentas.

Mientras el país se hunde en una crisis económica y moral, la defensa de Raúl Guillermo Rodríguez Castro deja una imagen difícil de borrar: la de una élite que negocia, viaja y habla de futuro, mientras el pueblo sigue esperando comida, electricidad, libertad y respuestas.