La alerta fue confirmada por Roberto Hernández Rojas, director general de la Empresa Eléctrica en la provincia, quien admitió que la situación es “extremadamente compleja” y que varios circuitos han registrado más de 40 horas continuas de apagón.
El problema ocurre cuando, después de tantas horas sin corriente, la población intenta aprovechar las pocas horas de servicio para hacerlo todo al mismo tiempo: bombear agua, cocinar, lavar, planchar, encender ventiladores o equipos de climatización, cargar teléfonos, motorinas, baterías y plantas de respaldo.
Esa coincidencia masiva de consumo provoca una demanda súbita que, según la propia Empresa Eléctrica, ha llegado hasta el 200% de la capacidad nominal de algunos circuitos.
El resultado es devastador: transformadores que se disparan, equipos que se queman, circuitos que vuelven a salir de servicio y familias que, después de esperar más de 30 o 40 horas por la electricidad, vuelven a quedarse a oscuras por una avería adicional.
La empresa reconoció que muchos transformadores han explotado o se han incendiado debido a estas sobrecargas. También admitió que la escasez de recursos impide reponer rápidamente los equipos dañados, lo que agrava aún más la situación de los vecinos.
En lo que va de año, entre 60 y 70 transformadores han sufrido afectaciones en Sancti Spíritus, una cifra alarmante para una red ya debilitada. Actualmente existen al menos 14 transformadores residenciales dañados sin solución inmediata, mientras las autoridades buscan alternativas o esperan nuevas asignaciones de equipos.
La situación es especialmente crítica en municipios como Cabaiguán, donde algunos clientes llevan varios días sin electricidad por daños en transformadores. La propia empresa reconoce que, al sumar apagones prolongados, disparos por sobrecarga y demoras en las reparaciones, una familia puede terminar pasando tres o cuatro días completos sin servicio eléctrico.
Esto confirma que la crisis energética cubana entró en una fase más peligrosa. Ya no se trata solo de que el país no genere suficiente electricidad. Ahora también se está dañando la infraestructura que debe distribuirla.
Cada apagón largo deja a la red más vulnerable. Cada regreso de la corriente dispara el consumo. Cada sobrecarga puede quemar otro transformador. Y cada transformador dañado deja a más familias atrapadas en la oscuridad durante días.
Mientras tanto, el pueblo sigue pagando las consecuencias: comida podrida, agua sin bombear, niños sin dormir por el calor, ancianos sin ventilación, equipos electrodomésticos dañados y familias enteras viviendo sin saber cuándo volverá la luz.
La Empresa Eléctrica también reconoció que no existen horarios confiables para el restablecimiento del servicio, porque todo depende del equilibrio minuto a minuto entre generación y demanda dentro del Sistema Electroenergético Nacional.
Para los cubanos, esto significa vivir sin planificación posible. No saben cuándo cocinar, cuándo lavar, cuándo cargar un teléfono, cuándo bombear agua o cuándo podrán dormir con un ventilador encendido.
La crisis en Sancti Spíritus muestra el colapso de un sistema eléctrico nacional deteriorado por años de falta de inversión, termoeléctricas obsoletas, déficit de combustible, falta de piezas de repuesto y una red de distribución sometida a un estrés extremo.
El régimen insiste en pedir paciencia, pero la realidad es que los apagones ya están destruyendo la infraestructura y convirtiendo la vida diaria en una emergencia permanente.
Cuba no solo se está quedando sin electricidad. También se está quedando sin capacidad para reparar con rapidez los daños que los propios apagones provocan.
Lo que ocurre en Sancti Spíritus es una advertencia para todo el país: si la red sigue trabajando al límite, los apagones serán cada vez más largos, las averías más frecuentes y la vida de los cubanos más insoportable.
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