Un portavoz del Departamento de Estado, citado por la agencia AFP, calificó las medidas anunciadas por La Habana como reformas “modestas, tardías y superficiales”, y las definió con una frase contundente: “señales de humo superficiales del régimen cubano”.

La declaración llega después de que la Asamblea Nacional del Poder Popular aprobara un paquete de 176 propuestas económicas y sociales, presentadas oficialmente como una transformación profunda del modelo cubano. El Gobierno de Miguel Díaz-Canel intenta vender estas medidas como una salida a la crisis, pero Estados Unidos advierte que el régimen ya ha usado antes la misma táctica: anunciar reformas para dar una imagen de cambio, permitir ciertos espacios económicos de manera controlada y luego cerrar o revertir cualquier avance si siente amenazado su poder político.

Entre las medidas anunciadas por La Habana aparecen cambios en el sistema bancario y financiero, mayor espacio para actores económicos privados, modificaciones en comercio exterior, turismo, agricultura, energía, transporte e inversión. También se habla de más autonomía para municipios, de flexibilizar determinadas operaciones y de abrir espacios que durante décadas fueron presentados como incompatibles con el socialismo cubano.

Pero la pregunta de fondo es inevitable: ¿por qué ahora?

Durante años, el régimen persiguió, limitó y castigó a los emprendedores. Durante décadas demonizó el mercado, bloqueó la iniciativa privada, monopolizó el comercio exterior y convirtió la economía nacional en un aparato dependiente del Estado, del Partido y de los militares. Ahora, en medio del colapso, los apagones, la falta de combustible, la inflación, la emigración masiva y la presión internacional, intenta presentar como “reforma” lo que durante años le negó al pueblo cubano.

Washington no compra ese discurso.

El mensaje de Estados Unidos es claro: Cuba no necesita maquillaje económico, necesita reformas económicas y políticas profundas. No basta con permitir negocios bajo vigilancia, importaciones controladas o inversiones condicionadas. Lo que hace falta es libertad real, garantías jurídicas, propiedad protegida, independencia empresarial, respeto a los derechos ciudadanos y un sistema donde el pueblo pueda prosperar sin pedir permiso al poder político.

Porque el problema cubano no es solo económico. Es político.

De nada sirve abrir una pequeña ventana al sector privado si el Estado sigue teniendo la llave de la puerta. De nada sirve hablar de inversión si no hay seguridad jurídica. De nada sirve anunciar cambios si los tribunales no son independientes, si el Partido Comunista sigue por encima de la ley y si cualquier empresario puede perderlo todo cuando el régimen decida que su éxito representa una amenaza.

El régimen cubano intenta presentarse como reformista, pero lo hace sin renunciar al control total. Habla de transformar la economía, pero insiste en preservar el mismo sistema que destruyó la producción nacional. Dice que busca eficiencia, pero mantiene intacto el aparato político que ha llevado al país a una de las peores crisis de su historia reciente.

Por eso la frase de Washington golpea en el centro del problema: “señales de humo superficiales”.

Porque estas medidas pueden sonar grandes en el papel, pero el pueblo cubano ya ha visto demasiadas promesas rotas. Ya vio aperturas que terminaron en restricciones. Ya vio permisos que después se convirtieron en persecución. Ya vio reformas anunciadas con entusiasmo y luego frenadas por miedo a que los ciudadanos ganaran independencia económica.

La dictadura cubana no teme al capitalismo. Teme a que los cubanos no dependan de ella.

Ese es el verdadero fondo de esta historia. Si un cubano puede producir, importar, exportar, invertir, contratar, prosperar y decidir por sí mismo, entonces el régimen pierde una de sus armas principales: el control de la necesidad.

Por eso cualquier reforma que no venga acompañada de libertad política, respeto a la propiedad, separación de poderes y garantías reales para el ciudadano corre el riesgo de ser solo otro intento de ganar tiempo.

El Gobierno cubano quiere presentarse ante el mundo como un sistema que cambia, pero ante su propio pueblo sigue actuando como el dueño absoluto del país. Quiere atraer inversión, pero no quiere soltar el poder. Quiere oxígeno económico, pero sin democracia. Quiere dinero, pero no libertad.

Y ahí está la contradicción.

Cuba no necesita más discursos ni más experimentos controlados desde arriba. Cuba necesita un cambio real. Necesita que el ciudadano pueda trabajar sin miedo, invertir sin miedo, hablar sin miedo y vivir sin depender de la voluntad de una élite política que lleva décadas administrando la pobreza como mecanismo de control.

Las 176 medidas pueden ser presentadas por el régimen como una reforma histórica. Pero para Estados Unidos, y para muchos cubanos que han vivido demasiadas falsas aperturas, la pregunta sigue siendo la misma:

¿Es una reforma real o solo maquillaje para salvar al sistema?

Por ahora, la respuesta de Washington es contundente: son señales de humo superficiales.