Una declaración atribuida al ministro cubano de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, ha provocado una oleada de indignación dentro y fuera de Cuba, en momentos en que el Sistema Electroenergético Nacional atraviesa uno de los peores períodos de su historia.
“Hay una realidad aquí: nuestro pueblo tiene que acostumbrarse a vivir sin electricidad”, señala el texto difundido masivamente en redes sociales. La publicación también asegura que la generación disponible sería insuficiente para mantener encendido todo el país durante apenas 30 minutos simultáneamente.
Sin embargo, hasta el momento de esta publicación, la frase no ha podido ser confirmada mediante un video completo, una comparecencia oficial, una transcripción verificable o una información de medios periodísticos reconocidos. Por esa razón, debe considerarse una declaración atribuida al funcionario y no una cita confirmada.
Lo que sí está fuera de toda duda es la gravedad de la crisis eléctrica que padecen millones de cubanos.
El SEN vuelve a colapsar por tercera vez en nueve días
Este martes 14 de julio de 2026, la Unión Eléctrica informó de una nueva desconexión total del Sistema Electroenergético Nacional. Se trata del tercer colapso nacional registrado desde el 6 de julio, después de las caídas ocurridas los días 6 y 10 del mismo mes.
Antes de producirse la nueva desconexión, la propia Unión Eléctrica había pronosticado para el horario de máxima demanda una afectación de aproximadamente 2.160 megavatios, una cifra que representaba una parte enorme de las necesidades energéticas del país.
Durante las últimas semanas, numerosas comunidades han recibido solamente una o dos horas de electricidad al día. Los apagones han provocado pérdidas de alimentos, interrupciones en el bombeo de agua, afectaciones al transporte, daños a pequeños negocios y graves dificultades para niños, ancianos y personas enfermas.
En La Habana también se han registrado protestas espontáneas, cacerolazos y reclamos de ciudadanos que exigen el restablecimiento del servicio eléctrico. Durante las manifestaciones del 7 de julio, algunos residentes tocaron cazuelas, hicieron sonar las bocinas de sus vehículos y gritaron “pongan la corriente”.
La indignación no nace solamente de una frase
Aunque la autenticidad de la declaración viral continúa sin comprobarse, la reacción que ha provocado refleja el agotamiento de una población sometida durante años a apagones cada vez más prolongados.
Para muchos cubanos, pedirles que se adapten a vivir sin electricidad equivaldría a normalizar el deterioro de un servicio esencial. La corriente eléctrica no es un lujo: resulta indispensable para conservar alimentos y medicamentos, bombear agua, cocinar, estudiar, trabajar y prestar servicios sanitarios.
La indignación aumenta porque, durante décadas, el Gobierno presentó la educación, la salud y la electrificación como grandes conquistas de la Revolución. Hoy, sin embargo, millones de ciudadanos enfrentan jornadas prácticamente completas sin electricidad y sin información clara sobre cuándo terminará la emergencia.
Las imágenes de familias durmiendo en azoteas para escapar del calor, refrigeradores vacíos para evitar que los alimentos se pudran y edificios sin agua por la paralización de las bombas muestran una crisis que ya sobrepasa el ámbito energético y se convierte en una emergencia social.
El Gobierno culpa a Washington
Las autoridades cubanas atribuyen el agravamiento de la situación a las sanciones estadounidenses, a las restricciones sobre los suministros de petróleo y a la presión ejercida contra países que anteriormente abastecían de combustible a la isla.
La escasez de petróleo ha obligado a detener motores de generación distribuida y ha reducido drásticamente la capacidad del país para mantener funcionando sus centrales. El ministro reconoció anteriormente que el sistema llegó a operar sin reservas de combustible para la generación eléctrica.
El Gobierno sostiene que las medidas estadounidenses representan un castigo colectivo contra la población cubana. Diversos países también han solicitado a Washington que elimine las sanciones que dificultan la recuperación de la economía y el abastecimiento energético de la isla.
Décadas de abandono, ineficiencia y falta de inversión
Las sanciones y la falta de combustible agravan la emergencia, pero no explican por sí solas el deterioro acumulado del sistema eléctrico.
Las principales centrales termoeléctricas cubanas tienen varias décadas de explotación y padecen averías constantes, mantenimientos incompletos, falta de piezas de repuesto y una marcada pérdida de capacidad. La red carece además de la reserva necesaria para soportar la salida inesperada de una unidad o una avería en una línea de transmisión.
Durante años, el Estado priorizó otros proyectos mientras postergaba inversiones imprescindibles en generación, transmisión y distribución eléctrica. La población observa ahora las consecuencias de esa política: plantas obsoletas, roturas sucesivas y un sistema incapaz de garantizar uno de los servicios más básicos de una sociedad moderna.
El discurso oficial insiste en la resistencia, el sacrificio y la lealtad del pueblo, pero los ciudadanos no pueden resolver con consignas la pérdida de alimentos, la falta de agua o el sufrimiento de una persona enferma durante un apagón de más de 20 horas.
El pueblo no tiene que acostumbrarse a la oscuridad
Sea auténtica o no la frase atribuida a Vicente de la O Levy, ninguna autoridad debería presentar la ausencia de electricidad como una condición normal a la que los ciudadanos deben resignarse.
La función de un Gobierno no es enseñar al pueblo a soportar indefinidamente la precariedad, sino administrar los recursos, rendir cuentas, reconocer sus errores y garantizar condiciones mínimas de vida.
Cuando un sistema político es incapaz de proporcionar electricidad, agua, alimentos, medicinas y transporte, mientras limita la protesta y evita una fiscalización independiente de sus decisiones, la crisis deja de ser solamente económica. Se convierte también en una crisis de legitimidad.
El pueblo cubano no tiene que acostumbrarse a vivir en la oscuridad. Tiene derecho a exigir explicaciones, responsabilidades, transparencia y soluciones reales.
Cuba no necesita nuevos llamados a resistir. Necesita electricidad, libertad de expresión, instituciones responsables y un Gobierno que responda ante sus ciudadanos.
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