El nuevo proyecto del PMA impactará en las cinco provincias orientales del país y beneficiará directamente a más de 12,600 niñas y niños en centros de primera infancia, enseñanza primaria y educación especial.
La iniciativa busca fortalecer la alimentación escolar durante un período inicial de seis meses, mediante la compra de alimentos producidos localmente y el apoyo a decenas de formas productivas encargadas de suministrar comida fresca a las escuelas.
Pero detrás del lenguaje técnico y de cooperación internacional hay una pregunta dolorosa: ¿cómo es posible que un régimen que lleva 65 años en el poder no pueda garantizar la comida de sus propios niños?
Para muchos cubanos, esta ayuda no es motivo de celebración, sino una prueba del fracaso de un sistema que prometió igualdad, justicia social y protección para la infancia, pero que hoy depende de organismos internacionales para sostener programas básicos de alimentación.
La situación es aún más grave si se recuerda que Cuba ya había pedido apoyo al Programa Mundial de Alimentos para poder mantener la entrega de leche en polvo a niños menores de siete años. Ese hecho marcó un punto crítico: el propio gobierno reconocía, aunque fuera indirectamente, que no podía garantizar un alimento esencial para la infancia.
Mientras el régimen insiste en culpar al exterior de todos sus problemas, la realidad dentro de la isla muestra otra cosa: baja producción nacional, mala administración, falta de incentivos, burocracia, control estatal, corrupción, abandono del campo y una economía incapaz de alimentar dignamente a su pueblo.
Los niños no deberían depender de la caridad internacional para comer en la escuela. Ningún país gobernado durante décadas por el mismo sistema debería llegar al punto de necesitar ayuda externa para garantizar leche, alimentos básicos y meriendas escolares.
La contradicción es enorme. Mientras la propaganda oficial habla de conquistas sociales, miles de familias cubanas viven angustiadas por no tener comida suficiente, por no poder comprar leche, por no encontrar productos básicos y por ver cómo sus hijos crecen en medio de carencias que el discurso político no puede esconder.
El apoyo del PMA puede aliviar el sufrimiento de muchos niños, y eso es necesario. Pero también abre un debate incómodo: ¿la ayuda humanitaria está salvando a los niños o está tapando los fracasos del régimen?
La respuesta no es sencilla. Sin esa ayuda, muchos menores sufrirían más. Pero cada donación internacional también evidencia que el sistema cubano ha fallado en lo más elemental: alimentar a su población.
La verdadera solución no puede ser depender eternamente de organismos internacionales, donaciones, remesas o programas de emergencia. Cuba necesita producir, liberar sus fuerzas económicas, permitir prosperidad real, respetar la propiedad, desmontar los controles absurdos y poner el bienestar del pueblo por encima de la ideología.
La infancia cubana no merece propaganda. Merece comida, leche, salud, educación digna y un futuro sin hambre.
Después de 65 años de poder absoluto, el régimen no puede seguir presentándose como víctima mientras los niños dependen de la ayuda de Naciones Unidas para alimentarse en la escuela. Esto no es una victoria del socialismo. Es la prueba de su fracaso.
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