Las palabras del funcionario reactivan una narrativa repetida durante décadas por el castrismo: presentar a Cuba como un bloque unido, sin fisuras, sin oposición y sin ciudadanos en desacuerdo frente a Estados Unidos.

Pero la pregunta que muchos cubanos se hacen es directa: ¿quién habló con los 11 millones de cubanos?

La afirmación de Soberón no se sostiene en una consulta libre, plural, transparente y verificable. En Cuba no existen elecciones competitivas, no hay libertad plena de prensa, la oposición está criminalizada, los activistas viven bajo vigilancia y miles de ciudadanos temen expresar públicamente lo que realmente piensan.

En ese supuesto “todo el pueblo” quedan fuera los presos políticos, los familiares de víctimas de la represión, los jóvenes que emigraron, los opositores, los periodistas independientes, los cubanos desterrados, los que hacen colas interminables, los que pasan apagones de más de 15 horas, los que no tienen medicinas y los que han visto a sus hijos marcharse del país porque no ven futuro.

El régimen vuelve a colocar a los cubanos dentro de un relato impuesto desde el poder: si hay crisis, es culpa de Estados Unidos; si hay presión internacional, todos deben cerrar filas; si alguien critica, es enemigo; si alguien se opone, no representa al pueblo.

Soberón también repitió la acusación de un presunto plan de agresión de Washington, un recurso usado históricamente por La Habana para justificar el control político interno, reforzar la vigilancia y exigir obediencia en nombre de la soberanía.

El problema es que la soberanía no puede usarse para silenciar al pueblo. Defender un país no significa defender obligatoriamente a un partido, a una élite ni a un sistema que ha llevado a millones de cubanos a la pobreza, la emigración y la desesperanza.

Durante años, el régimen ha hablado en nombre de todos los cubanos sin permitir que todos los cubanos hablen. Ha dicho que el pueblo apoya, pero encarcela al que protesta. Ha dicho que la revolución representa a la nación, pero excluye a quienes piensan diferente. Ha dicho que Cuba es una sola voz, pero censura cualquier voz independiente.

La realidad es mucho más compleja que el discurso oficial. Hay cubanos que rechazan una intervención extranjera, hay cubanos que quieren una transición pacífica, hay cubanos que exigen elecciones libres, hay cubanos que piden presión internacional, hay cubanos que simplemente quieren comer, trabajar, dormir con electricidad y vivir sin miedo.

Reducir toda esa diversidad a una frase como “todo el pueblo respalda al régimen” no es una muestra de unidad nacional, sino de propaganda política.

La Cuba real no cabe en un discurso diplomático. La Cuba real está en los apagones, en los hospitales sin recursos, en las madres sin comida para sus hijos, en los ancianos abandonados, en los presos del 11J, en los jóvenes que cruzan fronteras y en los millones de emigrados que también son parte de la nación cubana.

Si el régimen está tan seguro de que 11 millones de cubanos lo respaldan, la pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué no permite votar libremente, organizar partidos, fundar medios independientes, protestar sin cárcel y decidir el futuro del país sin miedo?

Hablar en nombre del pueblo sin permitirle expresarse es una vieja práctica del poder cubano. Pero cada día resulta más difícil sostener esa narrativa ante una nación fracturada por la pobreza, el exilio, la represión y el cansancio.

El verdadero respaldo popular no se demuestra con consignas, entrevistas ni declaraciones oficiales. Se demuestra con libertad.

Y en Cuba, esa sigue siendo la palabra que más teme el régimen.