La indignación ciudadana frente a la delincuencia es comprensible. En medio de la inseguridad, muchas personas sienten rabia, impotencia y desconfianza hacia las autoridades. Pero esa frustración no puede convertirse en permiso para actuar con violencia desmedida. Reducir a alguien para evitar que escape o cause daño puede ser una reacción inmediata; continuar golpeándolo cuando ya no representa peligro puede cruzar una línea peligrosa.

Robar está mal. Es un delito y debe ser castigado conforme a la ley. Pero golpear a una persona hasta causarle lesiones graves, o incluso poner en riesgo su vida, no convierte a nadie en héroe ni en defensor de la justicia. Una sociedad fuerte no se mide por cuánta venganza permite, sino por su capacidad de castigar con justicia, pruebas y debido proceso.

El caso también deja al descubierto una preocupación más profunda: cuando las personas dejan de confiar en las instituciones, aparecen los linchamientos, la justicia por mano propia y la violencia colectiva. Eso no resuelve el problema de la delincuencia; al contrario, puede multiplicar el caos y normalizar que cualquiera sea juez y verdugo en la calle.

La respuesta ante un delito debe ser clara: detener al agresor si es necesario, proteger a la víctima y entregar de inmediato al acusado a las autoridades. La justicia debe actuar, pero no desde la furia ni desde la venganza.

Este video no solo muestra un posible acto delictivo. También obliga a preguntarnos qué tipo de sociedad queremos ser: una que castigue conforme a la ley o una que responda a la violencia con más violencia.

¿Dónde termina la justicia y dónde empieza la venganza?