La estatal Unión Eléctrica informó que para el horario de máxima demanda se estima una disponibilidad de apenas 1,360 megavatios, frente a una demanda máxima de 3,200 megavatios. Eso deja un déficit de 1,840 MW y una afectación estimada de 1,870 MW durante el pico nocturno.

En términos prácticos, el mayor corte del suministro podría dejar sin electricidad simultáneamente a alrededor del 58 % del país, según el cálculo publicado por EFE y replicado por medios internacionales.

La propia UNE reconoció que el servicio eléctrico estuvo afectado durante las 24 horas del día anterior por déficit de capacidad de generación, y que las afectaciones continuaron durante toda la madrugada. La máxima afectación del jueves fue de 1,910 MW a las 9:30 de la noche.

El panorama técnico es desolador. La UNE reportó averías en la unidad 1 de la termoeléctrica Ernesto Guevara, la unidad 2 de la Lidio Ramón Pérez y la unidad 5 de la Antonio Maceo, además de mantenimientos en Mariel, Renté y Nuevitas. También reconoció 505 MW fuera de servicio por limitaciones en la generación térmica.

Los nuevos parques solares fotovoltaicos entregaron 3,843 MWh en la jornada anterior, con una potencia máxima de 606 MW, pero esa producción todavía no alcanza para compensar el colapso térmico y la falta de combustible que mantienen al sistema al borde del apagón permanente.

EFE reportó que la situación actual es calificada como “crítica” por el Gobierno cubano, con apagones en La Habana que superan las 22 horas diarias y cortes de hasta dos días consecutivos en otras zonas del país.

La crisis energética cubana se agravó desde mediados de 2024 y se profundizó en 2026 con la reducción del combustible disponible, las sanciones y las limitaciones de importación de petróleo. Expertos de Naciones Unidas calificaron el bloqueo de combustible impuesto por una orden ejecutiva de Estados Unidos como una “grave violación del derecho internacional” y una amenaza humanitaria.

Pero la responsabilidad del desastre no puede colocarse únicamente fuera de la isla. El sistema eléctrico cubano arrastra décadas de obsolescencia, falta de mantenimiento, mala inversión y dependencia de termoeléctricas envejecidas. EL PAÍS recordó que el 12 de mayo el 75 % de las 16 unidades termoeléctricas estaba fuera de servicio, y que la infraestructura necesitaría miles de millones de dólares para recuperarse.

El 14 de mayo, Cuba marcó un récord histórico reciente de apagones: hasta el 70 % del país llegó a estar sin corriente simultáneamente, según datos de la UNE elaborados por EFE. Ese mismo día, el Ministerio de Energía y Minas reportó una caída parcial del Sistema Electroenergético Nacional.

Para el cubano común, estos números técnicos significan una sola cosa: más oscuridad, más calor, más alimentos echados a perder, más hospitales funcionando al límite, más niños sin dormir y más familias viviendo en una rutina de supervivencia.

El régimen intenta administrar la crisis con partes diarios, promesas y llamados a la resistencia, pero la realidad es que el país vive pendiente de si habrá unas pocas horas de corriente al día. En muchas comunidades ya no se habla de apagones, sino de “alumbrones”: breves momentos de electricidad en medio de jornadas casi completas a oscuras.

La generación solar, los parches técnicos y las reincorporaciones puntuales de unidades no logran ocultar el problema de fondo: Cuba tiene un sistema eléctrico destruido, dependiente de combustible importado, termoeléctricas viejas y una gestión estatal que durante décadas priorizó propaganda y hoteles antes que infraestructura básica.

El resultado es un país paralizado. La electricidad ya no falla por horas: desaparece durante días. El transporte se reduce, los hospitales sufren, los negocios cierran, las familias improvisan y la paciencia social se agota.

Cuba no necesita más explicaciones oficiales. Necesita inversión real, transparencia, mantenimiento, libertad económica, acceso estable a combustible y un cambio profundo en la manera en que se administra el país.

La jornada de este viernes confirma que la crisis energética no es un evento aislado. Es el símbolo más visible de un sistema agotado, incapaz de garantizar lo más elemental: que el pueblo pueda encender una luz sin sentir que está recibiendo un milagro.