El problema, que comenzó a sentirse con fuerza desde febrero, ha obligado a varias compañías a cancelar rutas, reducir frecuencias o modificar sus itinerarios para poder repostar fuera de Cuba. El impacto es especialmente grave para una economía que depende del turismo como una de sus principales fuentes de divisas.
Entre las aerolíneas afectadas se encuentra Air France, que suspendió sus vuelos entre París-Charles de Gaulle y La Habana desde finales de marzo hasta, al menos, el 15 de junio. Iberia también anunció la suspensión de sus operaciones entre Madrid y La Habana a partir de junio, con una posible reanudación en noviembre si las condiciones mejoran.
Turkish Airlines paralizó sus vuelos desde finales de marzo, mientras que las rusas Rossiya y Nordwind suspendieron operaciones tras evacuar turistas varados en la isla. A estas se suman varias compañías canadienses, un golpe particularmente fuerte para Cuba, ya que Canadá ha sido históricamente uno de los principales mercados emisores de turistas hacia la isla.
Las aerolíneas que todavía mantienen vuelos lo hacen bajo condiciones cada vez más complejas. Air Europa, por ejemplo, ha tenido que realizar escalas técnicas en República Dominicana para repostar combustible antes de completar sus operaciones vinculadas a La Habana. Ese tipo de maniobra, habitual solo en situaciones excepcionales, muestra hasta qué punto se ha deteriorado la capacidad logística del país.
El colapso del suministro de combustible aeronáutico no es un hecho aislado. Forma parte de una crisis energética mucho más amplia que también se expresa en apagones prolongados, falta de combustible en servicentros, transporte público paralizado y dificultades para mantener funcionando sectores básicos de la economía.
El turismo cubano, ya golpeado por la baja demanda, el deterioro hotelero, la inseguridad energética y la mala calidad de los servicios, enfrenta ahora una de sus peores temporadas en décadas. Menos vuelos significan menos visitantes, menos ingresos y más presión sobre un sistema económico que ya se encuentra al límite.
Según balances del sector turístico, solo un grupo reducido de aerolíneas continúa operando rutas hacia Cuba, entre ellas Aeroméxico, Copa Airlines y compañías estadounidenses como American Airlines y Delta, que pueden manejar sus operaciones con mayor autonomía de combustible por la cercanía geográfica y sus propias rutas de abastecimiento.
La situación deja al descubierto una contradicción cada vez más evidente: mientras el régimen cubano intenta vender la imagen de un destino turístico seguro y funcional, la realidad muestra aeropuertos con dificultades para garantizar combustible, hoteles con problemas de abastecimiento y un país sumido en apagones, escasez y deterioro.
El gobierno culpa a factores externos, pero la crisis aérea confirma el fracaso de un modelo incapaz de sostener incluso sectores estratégicos para la entrada de divisas. Si el turismo era una de las pocas tablas de salvación económica del régimen, la suspensión de vuelos internacionales representa otro golpe directo a una estructura ya debilitada.
Para los cubanos, el problema va más allá de los turistas que dejan de llegar. Cada vuelo suspendido significa también menos conexión con familiares en el exterior, menos opciones de viaje, más aislamiento y una nueva señal de que el país se hunde en una crisis que el poder no logra resolver.
Cuba no solo se está quedando sin luz y sin combustible en las calles. También está perdiendo rutas aéreas, conectividad internacional y confianza empresarial. La falta de combustible para aviones se convierte así en otro símbolo del derrumbe de un sistema que ya no puede garantizar ni siquiera las operaciones básicas de un país que pretende vivir del turismo.
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