Según esas evaluaciones, Moscú y Pekín habrían fortalecido su presencia en la isla durante los últimos años, aumentando personal, modernizando instalaciones y utilizando puntos estratégicos para recopilar información sensible sobre objetivos estadounidenses.

El dato más preocupante es la existencia de una red de sitios de inteligencia de señales en Cuba, presuntamente utilizados para captar comunicaciones, vigilar instalaciones militares y monitorear movimientos vinculados a Estados Unidos en Florida, el Caribe y otras zonas de interés estratégico.

La situación confirma que Cuba no es vista únicamente como una dictadura empobrecida a 90 millas de territorio estadounidense, sino como una plataforma geopolítica usada por potencias rivales para presionar, observar y desafiar a Washington desde el hemisferio occidental.

La isla vuelve así a ocupar un papel parecido al que tuvo durante la Guerra Fría, cuando el régimen castrista convirtió el territorio nacional en ficha de intercambio para los intereses de la Unión Soviética. Ahora, el tablero parece repetirse con Rusia y China.

El contraste es brutal. Mientras millones de cubanos viven entre apagones, falta de alimentos, hospitales deteriorados, escasez de medicinas y salarios pulverizados, la cúpula del régimen mantiene alianzas estratégicas con potencias extranjeras que usan la isla para fines militares y de inteligencia.

El régimen cubano habla constantemente de soberanía, pero la realidad muestra una dependencia cada vez mayor de actores externos. Primero fue Moscú. Luego Caracas. Ahora nuevamente Moscú y Pekín aparecen como pilares de apoyo para una dictadura incapaz de sostenerse con la voluntad libre de su propio pueblo.

La pregunta es inevitable: ¿qué gana el cubano común con que su país sea usado como plataforma de espionaje? Nada. No gana comida, no gana electricidad, no gana medicinas, no gana libertad. Solo gana más aislamiento, más sanciones, más vigilancia y más riesgo de quedar atrapado en una confrontación internacional.

El pueblo cubano no necesita antenas, radares ni operaciones secretas al servicio de intereses extranjeros. Necesita agua potable, transporte, hospitales con recursos, escuelas funcionando, salarios dignos y derechos políticos reales.

La Habana, como de costumbre, intentará presentar las acusaciones como una campaña externa. Pero el historial del régimen pesa demasiado. Durante décadas, el castrismo ha entregado espacios de decisión, inteligencia y cooperación militar a aliados ideológicos mientras le niega al pueblo cubano el derecho a decidir su propio destino.

Si Cuba estuviera verdaderamente gobernada por su pueblo, ninguna potencia extranjera usaría la isla como tablero de espionaje. Si hubiera transparencia, elecciones libres y prensa independiente, los ciudadanos sabrían qué acuerdos firma el régimen, qué instalaciones permite operar y a cambio de qué beneficios para la cúpula.

Pero en la Cuba actual, todo se decide en la sombra. El ciudadano no vota, no pregunta, no audita y no controla. Solo sufre las consecuencias.

La expansión de operaciones rusas y chinas en la isla, de confirmarse en toda su dimensión, representa una amenaza no solo para Estados Unidos, sino también para la soberanía real de Cuba. Porque una nación no es libre cuando su territorio se utiliza al servicio de potencias extranjeras mientras su pueblo vive reprimido y empobrecido.

El régimen puede envolverse en banderas, hablar de independencia y repetir consignas, pero los hechos muestran otra cosa: Cuba sigue siendo utilizada como pieza de negociación por una élite que prefiere sostener el poder antes que liberar al país.

La isla no debería ser base de espionaje de nadie. Cuba debería ser una nación libre, próspera, soberana y gobernada por sus ciudadanos, no una plataforma para que Rusia y China desafíen a Estados Unidos mientras el pueblo cubano sigue cocinando con leña, durmiendo sin corriente y sobreviviendo sin futuro.

El verdadero escándalo no es solo que existan operaciones de inteligencia extranjeras en Cuba. El verdadero escándalo es que el régimen permita ese juego mientras los cubanos viven abandonados. Una vez más, la cúpula entrega el país para salvarse ella, y el pueblo paga el precio.