El problema no es solo económico. Es también moral y político. Un sistema que prometió igualdad terminó creando una élite con privilegios, acceso a divisas, hoteles, empresas y decisiones, mientras la mayoría de los ciudadanos queda atrapada entre salarios inútiles, colas, escasez y dependencia familiar del exterior.

La llamada “Cuba revolucionaria” ya no convence como antes porque la realidad la contradice todos los días. No hay épica en un hospital sin insumos, en una madre que no sabe qué cocinar, en un anciano que no puede comprar medicamentos ni en un joven que solo piensa en emigrar.

El país no necesita más consignas, ni más llamados a resistir, ni más explicaciones sobre enemigos externos. Necesita reglas claras, instituciones responsables, propiedad protegida, libertad económica y una ciudadanía capaz de decidir su destino sin miedo.

La verdadera pregunta no es cuánto tiempo más puede resistir el gobierno, sino cuánto tiempo más puede resistir la gente. Cuando una nación llega al punto en que sobrevivir se vuelve más importante que soñar, el modelo que la dirige ya perdió su autoridad moral.

Cuba no saldrá adelante repitiendo viejos símbolos. Saldrá adelante cuando el poder deje de tratar al ciudadano como masa obediente y lo reconozca como persona libre, con derecho a trabajar, prosperar, opinar y exigir cuentas.