Durante años se intentó presentar la escasez como una dificultad temporal. Pero cuando la falta de comida se repite, se profundiza y alcanza a hogares de todo el país, deja de ser una crisis pasajera y se convierte en un retrato del fracaso nacional.

La comida no desaparece por casualidad. Falta producción, sobran controles, faltan incentivos, escasea el transporte, se encarecen los mercados y el salario no alcanza. En medio de esa cadena rota, el ciudadano común es quien termina pagando el precio más duro.

El hambre también destruye la dignidad. Obliga a pedir, a depender de remesas, a buscar “resolver” por vías informales y a vivir con la angustia permanente de no saber qué habrá mañana en la mesa. Ningún país puede llamarse justo cuando sus familias tienen que normalizar esa incertidumbre.

La respuesta oficial suele refugiarse en explicaciones externas, pero la gente ya mide la verdad por su refrigerador vacío, por la libreta insuficiente y por los precios imposibles. La propaganda no llena platos, no alimenta niños y no sostiene ancianos.

Cuba necesita producir, liberar fuerzas internas, permitir que la gente trabaje sin trabas y devolverle valor al esfuerzo. Mientras el Estado insista en controlar lo que no puede garantizar, el hambre seguirá siendo una acusación diaria contra el sistema.