La dirección de la planta maneja dos escenarios: un arranque optimista entre la tarde y la noche del domingo, o una reincorporación el lunes en la mañana si las pruebas radiográficas e hidráulicas detectan nuevos defectos. En otras palabras, el país vuelve a depender de una moneda lanzada al aire: si todo sale bien, entra; si aparece otra falla, los apagones seguirán golpeando.
La Guiteras no está fuera por un simple mantenimiento rutinario. Su director, Román Pérez Castañeda, reconoció que la planta sufrió tres salidas no programadas en muy poco tiempo: una por el recalentador de alta temperatura, otra por el calentador de aire regenerativo y la más reciente por una avería en el economizador.
Ese historial reciente confirma lo que el régimen intenta suavizar con lenguaje técnico: la principal termoeléctrica del país está trabajando al límite, parchada una y otra vez, sin el mantenimiento profundo que necesita y con una población entera pagando las consecuencias.
Los trabajos actuales incluyen soldaduras, sustitución de tramos dañados, revisión del recalentador, reparación del economizador, ajustes en calentadores de aire regenerativo y limpieza del horno de la caldera, donde se había acumulado ceniza y escoria por falta de mantenimiento prolongado.
Además, se ejecutan más de 260 actividades adicionales, entre ellas labores eléctricas, automáticas y preventivas para proteger paneles y cajas eléctricas frente a la humedad, otro factor que ya ha provocado fallos en ocasiones anteriores.
El problema es que Cuba no necesita una termoeléctrica que “quizás” arranque. Necesita un sistema eléctrico confiable, estable y moderno. Pero después de décadas de abandono, improvisación y consignas, el país vive pendiente de si una soldadura aguanta, si una prueba hidráulica pasa o si una caldera decide volver a rendirse.
La salida de la Guiteras del 14 de mayo provocó un golpe severo al sistema eléctrico y dejó sin servicio a la franja central y oriental del país, desde Ciego de Ávila hasta Guantánamo, con un déficit reportado de 2,153 MW.
Cada avería de esta planta se traduce en más oscuridad para las familias cubanas. No son números fríos: son refrigeradores apagados, comida perdida, niños sin dormir, ancianos sofocados, enfermos sin condiciones y barrios enteros obligados a sobrevivir como si la electricidad fuera un lujo.
La Guiteras fue inaugurada en 1988 y arrastra décadas de explotación intensa. Según CiberCuba, su último mantenimiento capital fue en 2010, pese a que estándares técnicos recomiendan una intervención profunda cada siete u ocho años; la planta necesitaría una parada de 180 días, pero el régimen no puede permitírsela por la gravedad de la crisis energética.
Ahí está la tragedia completa: la planta necesita detenerse para ser reparada de verdad, pero el país no puede sostenerse si se detiene. Entonces el régimen sigue aplicando parches, celebrando “arranques” como victorias y esperando que el próximo fallo no apague media Cuba.
Hace apenas unos días, la propia Guiteras había concluido otra reparación con cerca de 300 acciones correctivas y se prometía una generación de hasta 230 MW. Poco después, volvió a fallar.
Ese ciclo de salida, reparación, arranque y nueva avería ya se ha convertido en una rutina humillante para el país. El gobierno vende cada sincronización como si fuera un logro épico, cuando en realidad es la prueba de un sistema que no puede garantizar lo básico.
La responsabilidad no cae sobre los técnicos que trabajan contra reloj, muchas veces en condiciones difíciles y con recursos limitados. Ellos intentan sostener lo que la política destruyó. La culpa está arriba, en una élite que durante décadas administró el país con propaganda, control y abandono de la infraestructura nacional.
Mientras la Guiteras sigue entre radiografías, soldaduras y pruebas hidráulicas, millones de cubanos siguen haciéndose la misma pregunta: ¿esta vez habrá menos apagones o la planta volverá a salir del sistema en cuestión de días?
El régimen cubano puede seguir hablando de resistencia, pero la realidad es otra: un país no puede vivir dependiendo del milagro semanal de una termoeléctrica envejecida. Cuba necesita inversión real, transparencia, responsabilidad y libertad económica para reconstruir lo que el centralismo destruyó.
La Guiteras no es solo una planta eléctrica. Es el símbolo perfecto del castrismo actual: vieja, sobrecargada, remendada, incapaz de sostener al país y presentada por la propaganda como si cada arranque fuera una victoria. Pero para el pueblo, la única verdad que importa es si esta noche habrá luz o si otra vez tocará esperar en la oscuridad.
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