Según videos y reportes difundidos desde la capital cubana, ciudadanos volvieron a reclamar en la vía pública contra la falta de electricidad, la imposibilidad de cocinar, conservar alimentos y descansar, mientras el régimen insiste en pedir paciencia a un pueblo que lleva demasiado tiempo viviendo entre promesas vacías y necesidades básicas sin resolver.
En las imágenes compartidas en redes se escuchan reclamos contra los voceros y representantes del poder. La frase “no más muela” resume el sentimiento de muchos cubanos: ya no quieren discursos, justificaciones ni consignas; quieren corriente, comida, agua, dignidad y libertad.
Las protestas no ocurren en el vacío. En los últimos días, medios independientes han reportado cacerolazos, quema de basura y cortes de calles en La Habana. Diario de Cuba informó que decenas de habaneros bloquearon la calle Monte durante la noche del domingo, tras horas de apagón, mientras coreaban “Libertad” y “Patria y Vida”.
El mismo reporte señaló que en algunos puntos de la ciudad los apagones llegaron hasta 20 horas durante el fin de semana, con vecinos denunciando además problemas de agua y dificultades para conservar los pocos alimentos que logran conseguir.
La crisis energética ha convertido la vida diaria en una prueba de resistencia. Infobae reportó días atrás que residentes de varios municipios de La Habana salieron a protestar por cuarta jornada consecutiva contra apagones que superaban las 25 horas diarias en la capital, mientras en zonas del oriente del país se reportaban cortes aún más prolongados.
Para muchas familias, no se trata solo de estar sin luz. Es no poder cocinar, no poder dormir por el calor, no poder conservar alimentos, no poder bombear agua, no poder cargar un teléfono para comunicarse y no tener una respuesta real de quienes gobiernan.
El País describió recientemente una Cuba “sin luz, sin pan y sin salida”, con barrios sin agua, apagones diarios de más de 12 horas y alimentos básicos a precios inalcanzables para la mayoría de los hogares.
La llamada “revolución” que durante décadas fue presentada como un cuento de justicia social se ha convertido para millones de cubanos en una pesadilla cotidiana: apagones, hambre, represión, salarios pulverizados, hospitales deteriorados, farmacias vacías y una población obligada a sobrevivir mientras la cúpula del poder sigue aferrada al control.
En La Habana, la oscuridad ya no solo apaga bombillos. También enciende rabia. Cada cacerolazo es una denuncia. Cada calle tomada por vecinos es una señal de agotamiento. Cada grito de “no más muela” es una respuesta directa a un régimen que sigue hablando de resistencia mientras el pueblo no puede descansar ni cocinar.
La dictadura intenta administrar el miedo, pero el cansancio social se acumula. Y cuando una familia pasa días sin dormir bien, sin comida suficiente, sin agua y sin esperanza, la protesta deja de ser una opción política y se convierte en una reacción humana.
Cuba está hablando desde la oscuridad. Y lo que dice es claro: el pueblo no quiere más discursos. Quiere vivir.
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