Según su testimonio, la supuesta deuda correspondía a un atraso de 12 días en el pago de la factura eléctrica, a pesar de que el monto ya había sido liquidado mediante Transfermóvil.

La mujer expresó su indignación ante una contradicción que resume el drama diario de millones de cubanos: el Estado no garantiza electricidad estable, pero sí actúa con rapidez para amenazar con cortes por deudas insignificantes.

“Nunca tengo luz y ahora vienen a cortármela”, denunció la cubana, en una frase que refleja el cansancio de una población sometida a apagones prolongados, calor, pérdida de alimentos y una vida cotidiana paralizada por el colapso energético.

El caso expone la inoperancia burocrática de un sistema incapaz de verificar correctamente los pagos antes de enviar inspectores a suspender un servicio que, en muchos barrios, apenas llega unas pocas horas al día.

Mientras familias enteras pasan jornadas de más de 20 horas sin electricidad, la Empresa Eléctrica demuestra una eficiencia selectiva: falla para garantizar el servicio, pero aparece con rapidez cuando se trata de cobrar o castigar al consumidor.

La denuncia ha generado indignación porque no se trata solo de 5 pesos. Se trata de la arrogancia de una estructura estatal que exige puntualidad absoluta al ciudadano mientras incumple todos los días su parte más básica: proveer corriente.

En Cuba, pagar la electricidad no significa recibir electricidad. Significa cumplir con una obligación ante un Estado que no ofrece garantías, no compensa a los afectados y no responde por los daños provocados por apagones constantes.

La madre aseguró que ya había pagado la factura por vía electrónica, pero los operarios llegaron con la orden de corte sin comprobar la actualización del sistema. Esa falta de coordinación vuelve a mostrar el caos administrativo que golpea a la población.

El incidente ocurre en medio de una de las peores crisis energéticas que ha vivido la isla, con termoeléctricas averiadas, falta de combustible, apagones masivos y un Sistema Eléctrico Nacional incapaz de sostener la demanda del país.

Para muchas familias, cada apagón significa comida echada a perder, niños sin dormir, ancianos sofocados por el calor, enfermos sin condiciones y pequeños negocios paralizados.

Aun así, la maquinaria estatal continúa tratando al ciudadano como deudor, no como víctima de un servicio deficiente y abusivo.

La escena de inspectores intentando cortar la luz por 5 pesos resume el absurdo cubano: un país donde casi no hay electricidad, pero sí hay órdenes de corte; donde no hay soluciones, pero sí sanciones; donde el Estado falla primero y cobra después.

El testimonio de esta madre no es un caso aislado. Es el retrato de una población atrapada entre apagones, burocracia, pobreza y un aparato estatal que exige obediencia mientras no cumple con lo elemental.

Cuba necesita luz, pero también necesita respeto. No se puede seguir castigando al pueblo por deudas mínimas mientras se le condena a vivir en la oscuridad por el fracaso de un sistema energético destruido.

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