La advertencia fue realizada tras una misión de tres días en Cuba por representantes de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU y de la OMS, quienes señalaron que hospitales del país están suspendiendo cirugías, limitando servicios esenciales y enfrentando dificultades para mantener equipos médicos vitales en funcionamiento.
El dato más estremecedor es la cantidad de pacientes atrapados en la espera. Según los funcionarios citados, más de 100,000 personas, incluidos cerca de 11,000 niños, aguardan por procedimientos quirúrgicos demorados en medio de los cortes eléctricos, la falta de combustible y la carencia de suministros médicos.
Reuters ya había documentado en marzo una realidad similar: 96,000 cubanos en lista de espera para cirugía, entre ellos 11,000 menores, con la posibilidad de que la cifra llegue a 160,000 antes de que termine el año. Ese no es un simple problema administrativo; es una emergencia humana.
La crisis también golpea a pacientes crónicos y oncológicos. La agencia AP reportó que, según el ministro cubano de Salud, unos cinco millones de cubanos con enfermedades crónicas podrían ver afectados sus medicamentos o tratamientos, incluidos 16,000 pacientes que requieren radioterapia y 12,400 que reciben quimioterapia.
El régimen cubano intenta vender todavía la imagen de una potencia médica, pero la realidad en los hospitales cuenta otra historia: quirófanos paralizados, diagnósticos limitados, ambulancias afectadas por la falta de combustible, laboratorios restringidos y personal sanitario obligado a trabajar en condiciones inhumanas.
La ONU y la OMS advirtieron que los apagones están afectando servicios de urgencia, bancos de sangre, laboratorios, programas de inmunización y atención materno-infantil. En algunas regiones, cortes de hasta 20 horas han obligado a posponer cirugías no urgentes y a reducir operaciones básicas dentro del sistema de salud.
Uno de los testimonios más duros citados por la ONU describe a personal sanitario teniendo que cargar agua por las escaleras mientras mujeres están dando a luz, porque las bombas no funcionan durante los apagones. Esa imagen resume el derrumbe de un sistema que durante décadas fue usado como vitrina propagandística del régimen.
La situación de embarazadas y recién nacidos también preocupa. Más de 32,000 gestantes enfrentan riesgos adicionales por limitaciones en transporte, electricidad estable, acceso a pruebas diagnósticas e insumos necesarios para una atención adecuada.
El problema no termina en los hospitales. Las fallas eléctricas afectan bombas de agua, saneamiento, refrigeración y cadenas de frío, lo que eleva el riesgo de enfermedades como dengue y chikungunya, además de complicar los programas de vacunación en un país ya golpeado por la escasez.
El régimen culpa al embargo y a la falta de combustible, pero esa explicación no borra décadas de mala gestión, centralización, abandono de infraestructura, falta de mantenimiento y persecución contra cualquier forma de economía libre que pudiera aliviar la vida del pueblo.
Cuba no llegó a este punto por accidente. Llegó después de años en los que la propaganda fue más importante que los hospitales, la obediencia más importante que la eficiencia y la consigna más importante que la vida real de los ciudadanos.
Mientras la élite gobernante conserva privilegios y controla los recursos, el cubano común enfrenta una tragedia diaria: apagones de casi todo el día, medicamentos que no aparecen, hospitales sin condiciones, médicos agotados y familias obligadas a buscar insumos por su cuenta.
Lo más grave es que el personal médico también está quebrado. Reuters documentó que médicos y enfermeros enfrentan agotamiento, salarios miserables, falta de materiales, apagones y miedo a hablar públicamente sobre la gravedad de la situación.
El régimen convirtió la salud pública en bandera internacional, pero ahora esa bandera se cae frente a los ojos del mundo. La llamada “potencia médica” no puede garantizar electricidad estable para equipos vitales, medicamentos suficientes ni condiciones mínimas para pacientes vulnerables.
La advertencia de la ONU y la OMS no debe verse como una noticia más. Es una confirmación internacional de lo que millones de cubanos llevan años denunciando: el sistema está roto, y quienes pagan el precio son los enfermos, los niños, los ancianos, las embarazadas y las familias más pobres.
Cuba necesita ayuda humanitaria urgente, transparencia, recursos médicos y una reforma profunda que ponga la vida de los ciudadanos por encima de la propaganda política. Ningún gobierno puede presumir de dignidad mientras sus hospitales se apagan con los pacientes adentro.
El colapso sanitario cubano no es solo una crisis de electricidad. Es el resultado de un régimen que ha administrado la miseria durante décadas y que ahora ni siquiera puede sostener el mito de su mayor vitrina: la salud pública. Cuando los hospitales se paralizan, ya no hay discurso que alcance para esconder el fracaso.
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