“Cuba no es un gobierno, Cuba es su gente. Son mis padres, mis hijos, mis vecinos y mis amigos”, expresa el mensaje, que refleja una tensión cada vez más evidente dentro de una sociedad marcada por los apagones, la escasez, la desesperanza y el miedo.
Las palabras atribuidas al oficial apuntan directamente a una de las mayores contradicciones del sistema cubano: exigir lealtad absoluta a las fuerzas del orden mientras el propio pueblo, incluidos los familiares de policías y militares, sufre las mismas carencias que el resto del país. El mensaje reconoce que en las calles no hay enemigos, sino cubanos intentando sobrevivir cada día.
“Cuando miro las calles veo las mismas dificultades que vive mi familia. Veo apagones, escasez y desesperanza. Veo a cubanos intentando sobrevivir cada día. Y no puedo convencerme de que ellos sean mis enemigos”, señala la declaración.
El texto cobra especial fuerza en un contexto donde el régimen ha utilizado durante décadas a sus estructuras policiales y militares para contener el descontento popular. Cada protesta, cada cacerolazo y cada reclamo ciudadano suele ser tratado como una amenaza política, cuando en realidad muchas veces nace del hambre, del cansancio y de la falta de futuro.
La frase más contundente del mensaje llega cuando el supuesto oficial plantea una decisión moral: “Si algún día me ponen frente a una decisión entre disparar contra otros cubanos o escuchar mi conciencia, elegiré mi conciencia”.
Esa afirmación resume el dilema de muchos uniformados en Cuba: obedecer órdenes que pueden enfrentarlos a su propio pueblo o recordar que antes de pertenecer a una institución pertenecen a una nación herida. La obediencia ciega ha sido una de las herramientas más usadas por el poder para sostener el miedo, pero la conciencia individual sigue siendo una frontera que ningún régimen puede controlar por completo.
“No me niego a defender mi patria. Me niego a luchar contra quienes forman parte de ella”, añade el mensaje, marcando una diferencia clara entre defender a Cuba y defender a un sistema político que ha condenado a millones de ciudadanos a la pobreza, la censura y la represión.
Estas declaraciones, aunque no han sido verificadas de manera independiente, conectan con un sentimiento creciente dentro y fuera de la isla: la idea de que la verdadera lealtad a Cuba no consiste en reprimir al pueblo, sino en protegerlo. La patria no puede reducirse a un partido, a una consigna ni a una orden superior.
En un país donde muchos callan por miedo, un mensaje como este funciona como una advertencia moral: ningún uniforme puede borrar la humanidad de quien lo lleva. Y ninguna institución debería obligar a un cubano a ver como enemigo a otro cubano que solo exige comida, luz, libertad y dignidad.
“Ningún uniforme puede borrar el hecho de que antes de ser militar, soy cubano”, concluye la declaración.
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