El estudio señala que el deterioro no se limita a la falta de productos en los mercados. También incluye pérdida de poder adquisitivo, apagones que impiden cocinar o conservar alimentos, dificultades para acceder al agua potable y una creciente dependencia de redes informales para sobrevivir.
Los adultos mayores aparecen entre los grupos más golpeados. Muchos destinan casi todos sus ingresos a comprar comida, mientras enfrentan además la escasez de medicamentos, pensiones insuficientes y una soledad cada vez más visible en medio de la crisis.
El hambre en Cuba ya no puede explicarse como un problema puntual de abastecimiento. Es una señal de deterioro estructural que atraviesa la economía, los servicios públicos y la capacidad de las familias para sostener una vida digna.
Cuando un país obliga a sus ciudadanos a elegir entre comer, comprar medicinas o pagar transporte, la crisis deja de ser estadística y se convierte en una emergencia humana. La realidad de miles de hogares cubanos confirma que la supervivencia se ha convertido en el centro de la vida cotidiana.