La denuncia fue recogida por Martí Noticias, que citó el testimonio de una residente identificada como Celia. “Dos semanas llevamos sin agua”, afirmó la vecina, reflejando la desesperación de familias enteras obligadas a vivir con las tuberías secas en medio de apagones, calor y escasez.
Según el reporte, solo después de que los residentes se aglomeraran en la calle para exigir una solución, trabajadores de la empresa estatal Aguas de La Habana acudieron al lugar durante la noche del miércoles para revisar una válvula de acceso en la zona.
En videos difundidos en redes sociales se escucha a los vecinos reclamar con indignación: “No hay explicación que valga. Nos toca y nos toca. No vamos a entender”. La frase resume el hartazgo de una población que siente que debe protestar para recibir atención mínima del Estado.
La escena en Lawton muestra una realidad cada vez más frecuente en la capital cubana: ciudadanos saliendo a la vía pública no por lujo ni por política abstracta, sino por necesidades elementales como agua, electricidad y alimentos.
El problema no se limita a La Habana. Martí Noticias también reportó una situación crítica en Manzanillo, provincia de Granma, donde el desabastecimiento obliga a familias a comprar pomos de 20 litros de agua por 100 pesos cubanos y trasladarse largas distancias para conseguirlos.
En Guanabacoa, también en La Habana, residentes llevan alrededor de una semana sin agua, mientras la empresa estatal atribuye parte de la crisis a averías y cortes eléctricos.
El acceso al agua potable, que debería ser un servicio básico garantizado, se ha convertido en otra batalla diaria para los cubanos. En muchos barrios, las familias deben cargar cubos, comprar pomos, depender de vecinos o esperar pipas que no siempre llegan.
La crisis energética agrava todavía más el panorama. Sin electricidad, fallan los sistemas de bombeo, se paralizan equipos y aumentan las interrupciones del servicio. Así, los apagones no solo dejan al país a oscuras: también dejan a miles de hogares sin agua.
El régimen cubano suele culpar a las averías, la sequía o las limitaciones técnicas, pero la raíz del problema es más profunda: décadas de abandono de infraestructura, falta de inversión, mala gestión y un sistema estatal incapaz de garantizar lo más elemental.
La protesta de Lawton deja un mensaje claro: el pueblo está cansado de esperar. Cuando una comunidad tiene que salir a la calle para que revisen una válvula, el problema ya no es solo hidráulico; es político, social y moral.
Cuba no puede seguir normalizando que sus ciudadanos vivan sin agua, sin luz y sin respuestas. Lo ocurrido en Lawton es otra señal de que el país real está desbordado por la escasez y el abandono, mientras el poder sigue administrando la crisis con parches, excusas y silencio.
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