La autora del mensaje afirma que juzga la política desde una “memoria traumática”, marcada por lo vivido en Venezuela. Explica que cuando escucha discursos que dividen a la sociedad entre “opresores y oprimidos”, justifican el señalamiento público de quienes piensan distinto o alimentan la revancha como herramienta política, no puede evitar sentir temor.
Según su testimonio, ese mismo lenguaje fue utilizado en Venezuela para dividir a la sociedad, justificar la persecución y desmontar progresivamente la democracia. Lo que comenzó como una promesa de reivindicación social, afirma, terminó convertido en pobreza, exilio y desesperanza.
“No se trata de repetir como un loro”, señala el mensaje, sino de no querer ver en Colombia el mismo guion que destruyó a Venezuela. Para esta voz de la diáspora, advertir sobre los riesgos del populismo y la radicalización no es ignorancia, sino un acto de supervivencia.
La publicación llega en un momento especialmente sensible para Colombia, que se prepara para una segunda vuelta presidencial marcada por una fuerte polarización. En ese contexto, muchos venezolanos que han encontrado refugio en el país miran el proceso electoral con preocupación, desde la experiencia de haber perdido libertades e instituciones en su tierra natal.
La autora sostiene que su decisión política está guiada por la defensa de la libertad que aún conserva Colombia, país que la acogió tras la crisis venezolana. Su postura, afirma, no nace del odio ni del fanatismo, sino del recuerdo de lo que ocurre cuando un proyecto político concentra poder, divide a la sociedad y convierte al adversario en enemigo.
El mensaje también defiende una visión basada en la construcción, la institucionalidad y el respeto a las diferencias, frente a propuestas que, según la autora, mantienen viva la llama del resentimiento histórico como plataforma de gobierno.
Para muchos venezolanos en el exilio, la comparación con Venezuela no es una consigna electoral, sino una herida abierta. Millones salieron de su país tras años de crisis económica, represión, falta de oportunidades, destrucción institucional y deterioro de los servicios básicos.
El testimonio pone sobre la mesa una pregunta que atraviesa a muchos migrantes venezolanos en América Latina: ¿cómo advertir a otros países sobre los errores que ellos sienten haber vivido sin ser acusados de exagerar o de repetir propaganda?
La respuesta de esta venezolana es clara: hablar desde la memoria. Porque quien ha visto a su país perder libertades, instituciones y futuro no mira la política como un simple debate ideológico, sino como una decisión que puede marcar la vida de generaciones enteras.
Su mensaje resume el temor de una diáspora que no quiere ver repetida su tragedia: Venezuela no cayó de un día para otro. Fue perdiendo democracia, libertad y prosperidad paso a paso. Por eso, para muchos venezolanos, votar en defensa de la institucionalidad no es miedo: es memoria.
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